Por Agostina ¡y por todas!

A once años de la primera marcha de Ni Una Menos, cinco mil personas recorrieron las calles desde el Andino hasta Tribunales para exigir justicia por Agostina Vega y renovar el reclamo contra la violencia de género.

Fotos: Laura Scott

Tienen polleras marrones, naranjas, verdes, amarillas. El viento apenas las hace moverse. Entre el bullicio de fondo, los cantos que se escuchan a lo lejos, comienza a colarse el sonido de los ejercicios de vocalización. Desde el galpón blanco viene una multitud, con bombos y carteles. Las banderas flamean alto, y una bien grande con la frase “Ni una menos” escrita en letras blancas, encabeza la movilización. Las mujeres de polleras de colores se paran al frente, y con una guitarra comienzan a cantar. “No me llore mi vida, que de noche su mamá la cuida y la aleja de ese mal”, repetían armónicamente. Una mujer se guarda el celular con el que estaba grabando en el bolsillo para secarse las lágrimas. Una abuela de pulover rojo con su caniche negro al lado mira desde el balcón que da al Boulevard Ameghino.

Miércoles 3 de junio. El cielo está cubierto de nubes y la llovizna moja, de a poco y constantemente, a los que esperan que la marcha comience. Fuera del edificio del Andino ya se congregó bastante gente. En total se acercaron 5000 personas. Se ven muchas más mujeres que hombres.  Ya pasaron once años de la primera marcha que “Ni Una Menos” convocó. El 3 de junio de 2015 la movilización surgió tras el femicidio de Chiara Páez. Tenía 14 años cuando su novio la mató. Catorce años, la misma edad que Agostina Vega. Este 3 de junio, el reclamo también tuvo su nombre. Agostina Vega era una adolescente a la que le arrebataron la vida. Su femicidio despertó dolor e indignación en todo el país y volvió a poner sobre la mesa la exigencia urgente de justicia y el fin de la violencia de género.

Noelia tiene 32 años. Llegó al Andino antes de que la marcha comience. Tiene el rodete alto sobre su cabeza. Participó convencida de la importancia de encontrarse y alzar la voz junto a otras mujeres. Para ella, estos espacios representan mucho más que una movilización: son lugares de acompañamiento, contención y visibilización frente a las distintas formas de violencia que atraviesan a las mujeres. Conmovida por las historias y situaciones que observa a diario, destacó la necesidad de unirse para exigir el fin de los femicidios y las agresiones, y para recordar que ninguna está sola. Considera que ocupar las calles es una forma de expresarse libremente, romper silencios impuestos y demostrar que las mujeres siguen presentes, organizadas y dispuestas a luchar por sus derechos. Mientras las mujeres de polleras de colores cantaban, ella hace su muestra de destrezas con fuego. Carteles con rostros de víctimas a lo largo de los años llenan la calle.

Ignacio tiene 17 años y vino acompañado de sus compañeros y docentes de la escuela. Participó de la movilización motivado por el caso de Agostina Vega y por la necesidad de visibilizar una problemática que afecta a toda la sociedad. “Tengo hermanas, primas, mi mamá. A cualquiera de ellas le podría pasar esto”. En las esquinas, el paso se frena . Dejan sobre la calle bolsas de consorcio, con carteles. Las levantan, y luego las vuelven a dejar. La multitud alrededor observa atenta esas bolsas negras que tanto representan. Alex está con Ignacio, y cuenta su preocupación por la violencia de género y los femicidios que continúan ocurriendo en el país. Sostuvo que se trata de una realidad que no puede repetirse y remarcó la importancia de acompañar los reclamos de las mujeres frente al acoso, la discriminación y las distintas formas de violencia que aún persisten. Ambos plantean la necesidad de seguir promoviendo la concientización y el compromiso colectivo para construir una sociedad más justa y segura para todas. La movilización avanza bastante, y llega a la calle Rivadavia. Tribunales queda cada vez más cerca. Cuando faltaba una cuadra, muchas mujeres se agachan, se quedan unos instantes en el suelo. Al grito de “1,2,3” todas salen corriendo hasta el edificio.

Emilia participa de la marcha con su madre y hermana. Las tres llevan carteles en sus manos. Quieren exigir justicia por Agustina Vega y por todas las mujeres víctimas de la violencia de género. Su preocupación mayor es por las falencias del sistema judicial y sostuvo que muchas veces las denuncias realizadas por mujeres no reciben la atención necesaria hasta que ocurre una tragedia. “Las instituciones suelen reaccionar cuando ya es demasiado tarde o cuando existe una fuerte presión social” Para ella, la movilización representa una forma de visibilizar estos reclamos y de exigir respuestas concretas para prevenir nuevas situaciones de violencia. A su lado camina una niña de la mano de su madre. Tiene en brazos a su muñeca.

Frente a Tribunales, la marcha desacelera. Los bombos siguen sonando, las banderas todavía flamean y el piso húmedo conserva las huellas de miles de pasos. Son cerca de cinco mil personas las que llegaron hasta allí, la mayoría mujeres, reunidas por un mismo reclamo. Once años después del primer “Ni Una Menos”, el grito sigue siendo el mismo: justicia para las que ya no están y una vida sin miedo para las que siguen. Al comienzo de la marcha, las mujeres de polleras de colores habían cantado: “Canta la memoria, canta. La memoria es como la cigarra, hace mucho ruido con las alas”. Frente a Tribunales, esa frase parece seguir suspendida entre los carteles, los nombres y los reclamos. Once años después del primer “Ni Una Menos”, la memoria todavía canta. Y las calles también.

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