Como mujer, hoy no escribo desde la teoría ni desde las estadísticas. Escribo desde la bronca, el miedo y el cansancio. Entre una justicia lenta, un Estado que relativiza la violencia de género y una sociedad cansada de contar víctimas, el caso Agostina reabre la pregunta: ¿cuántas mujeres más tienen que morir para que la protección llegue a tiempo?
Volvimos a marchar, salimos a la calle con carteles, con bronca, con lágrimas y con esa sensación insoportable de estar repitiendo una escena que nunca debería repetirse. Volvimos a marchar porque otra vez una mujer no llegó a tiempo y otra vez la violencia ganó la carrera… otra vez el Estado llegó tarde.
Y ya no sé cómo explicar el cansancio, ese que se acumula en el cuerpo de las mujeres cuando escuchamos una noticia y automáticamente pensamos: “podría haber sido yo”. Podría haber sido mi hija, mi hermana, mi sobrina, mi amiga.
Porque ser mujer en Argentina implica vivir con una alerta permanente que los varones muchas veces ni siquiera perciben. Mandar un mensaje cuando llegás; compartir ubicación; mirar para atrás cuando caminás sola; fingir una llamada; cambiar de vereda; agarrar las llaves entre los dedos. Y aun así nos siguen matando.
Lo más doloroso del reciente caso de Agostina no es solamente el crimen, sino todo lo que aparece alrededor. Las advertencias, las señales, las preguntas sobre qué hizo cada organismo. ¿Quién escuchó? ¿Quién no escuchó? ¿Quién actuó? ¿Quién demoró? ¿Quién decidió mirar para otro lado?
Porque los femicidios rara vez empiezan con un asesinato… eso ya es una obviedad. Cuando una medida de protección no llega y una víctima es obligada a demostrar una y otra vez que tiene miedo; cuando las redes de poder pesan más que los derechos de las mujeres; cuando los favores políticos se convierten en privilegios; cuando la justicia se mueve con una lentitud desesperante para quien está en riesgo.
Y mientras todo eso ocurre, el reloj corre, siempre para nosotras. A veces pareciera que las mujeres tenemos que morir para que nos crean, y cuando finalmente nos creen, ya es demasiado tarde. Por eso duele tanto escuchar determinados discursos, escuchar que se pone en duda la propia existencia de la violencia de género como fenómeno específico. Duele que se intente reemplazar una consigna nacida del dolor colectivo por otra formulación aséptica que pretende borrar aquello que justamente necesitamos nombrar.
Porque cuando decimos “Ni Una Menos” no estamos excluyendo a nadie. Estamos describiendo una realidad, porque las que aparecen asesinadas por razones de género son mujeres. Las que son perseguidas, acosadas, violentadas y asesinadas por el simple hecho de ser mujeres tienen una condición específica que necesita ser nombrada para ser comprendida y combatida.
Los femicidios no son hechos aislados. Son la manifestación más extrema de una cadena de violencias que sigue encontrando grietas por donde pasar. Y cada vez que una mujer es asesinada, el mensaje que recibimos todas es devastador.
Por eso hoy no escribo desde la academia, ni desde el derecho, ni desde las estadísticas. Hoy escribo desde mis entrañas y desde una certeza que ayer se escuchó en cada calle de Córdoba. No aguantamos más. ¿Cuántas más? ¿Hasta cuándo?
¡Entiendan! La verdadera deuda no es semántica. La verdadera deuda es que las mujeres podamos vivir.
Y volver a casa.


