Figura Fondo desarrolla proyectos de soberanía alimentaria que vinculan la producción agroecológica en un campo cercano a Achiras con distintos espacios comunitarios de Río Cuarto. En barrio Alberdi trabajan con comedores, la escuela Quechalen y familias que organizan compras comunitarias.


Hay decisiones que parecen muy fáciles hasta que el dinero no alcanza. Hace unos días, una mujer de barrio Alberdi tuvo que elegir qué hacer con 4 mil pesos, si comprarle un cuaderno a su hija o llevar a su casa uno de los bolsones comunitarios de frutas y verduras que se organizan cada quince días en la misma escuela a la que asiste. Eligió el alimento.
La anécdota que cuenta Julia Pereyra, una de las referentes de Figura Fondo, no necesita demasiadas explicaciones. En esos 4 mil pesos aparece la realidad cotidiana de algunas familias, la necesidad de hacer rendir cada moneda y al mismo tiempo, intentar que en la mesa haya algo más que lo que se pueda comprar con lo justo.
El bolsón de frutas y verduras es una de las respuestas que encontró la comunidad de la escuela Quechalen. Cada quince días, la mercadería llega en cantidad desde el Mercado de Abasto para abaratar los costos y son las propias familias las que se encargan de armar y distribuir entre 80 y 100 bolsones.
“Las compras comunitarias se retoman ahora desde Quechalen. Las habíamos hecho en alguna otra época por la crisis económica, que están viviendo las familias y se les hace muy difícil acceder a las verduras para poder cocinar de forma variada y poder nutrirse, no solamente alimentarse”, explica Walter Juncos, docente de la escuela Quechalen, en un video publicado por Figura Fondo.
Para Horacio Morales, director de la escuela San Martín “El objetivo es poder ofrecer a las familias un bolsón de alimentos, lo que es fruta y verdura, a un precio lo más accesible posible”.
Pero la historia de esta propuesta comienza mucho antes de llegar al barrio.
Figura Fondo nació a fines de 2024, cuando cuatro mujeres vinculadas al trabajo socioambiental decidieron juntar sus experiencias y trabajar de manera colectiva. Desde entonces, desarrollan proyectos relacionados con el ambiente y la soberanía alimentaria. Uno de esos proyectos comenzó en un campo cercano a Achiras, donde eligieron producir alimentos, sin aplicación de agroquímicos.
A pocos kilómetros de Río Cuarto, una hectárea se convirtió en el punto de partida de todo el recorrido. Allí Figura Fondo produce maíz agroecológico y zapallo como parte de un proyecto de soberanía alimentaria. La producción se realiza sin aplicación de agroquímicos y con técnicas agroecológicas.
En febrero del año 2025, llegó la primera cosecha, casi mil kilos de choclos terminaron en “La Cuadra”, un espacio comunitario de Córdoba capital que trabaja con personas en situación de calle. No fue pensado como una donación aislada, también busco poner en evidencia la realidad de personas y familias que atraviesan situaciones de hambre y que encuentran en los espacios comunitarios una de las pocas posibilidades para acceder a un plato de comida.
Unos meses después, la cosecha volvió a tener a Río Cuarto como destino. En abril llegaron los zapallos, parte de esa producción fue distribuida en distintos espacios comunitarios de barrio Alberdi: el comedor AMMAR, el comedor de la Abuela Gladys y Cura Brochero, donde también funciona un espacio de cocina comunitaria. El alimento comenzó a circular por lugares que ya tenían una historia propia de organización y acompañamiento a las familias.

Y algo empezó a cambiar. La llegada de los zapallos permitió a Figura Fondo acercarse todavía más al barrio y conocer qué estaba pasando con el acceso a los alimentos. La producción del campo dejó de ser solamente una cosecha que debía encontrar un destino y se convirtió en una puerta de entrada para construir nuevas relaciones con vecinos, comedores y organizaciones.
Porque si los zapallos podían llegar desde el campo, también podía empezar a crecer la comida dentro del propio barrio.
Así nació “El alimento en el centro”, un proyecto de extensión sociocomunitaria que articula el trabajo de Figura Fondo con la escuela Quechallen y distintos espacios del barrio Alberdi.
Por otra parte, en el CIC (Centro Integrador Comunitario) se puso en marcha una huerta comunitaria. Los vecinos participaron de la siembra y comenzaron a organizarse para mantenerla durante los meses siguientes y distribuir la producción entre las familias. En Cura Brochero, mientras tanto, estudiantes de la escuela Quechallen trabajan en la producción de plantines que después llegan a las casas de las familias que tienen un espacio donde cultivarlos.

La huerta no aparece solamente como una forma de producir verduras, también es una manera de aprender a producirlas.
Los estudiantes participan de talleres sobre preparación de la tierra y cultivo, mientras que las familias recuperan espacios que habían quedado abandonados. Algo parecido ocurrió en el barrio San Martín. Después de un taller de cocina soberana, donde se trabajó sobre cómo aprovechar las legumbres que reciben las familias a través del Paicor, fueron las propias madres quienes plantearon la necesidad de volver a activar una huerta que había quedado abandonada. Poco después, las familias, docentes y estudiantes volvieron a trabajar allí.
En medio de ese trabajo también aparecen historias que muestran no solo la necesidad de alimentarse, sino de reencontrase alrededor de una necesidad común. “Cada vez que nos juntamos a armar los bolsones, vuelven chicos que pasaron por el colegio, que pasaron por el Quechalen, que fueron alumnos en aquellos primeros años y hoy los veíamos como jefes de familia participando de esta construcción colectiva”, cuenta Juncos.
La producción, entonces, empieza a tomar distintos caminos. Algunos alimentos llegan directamente a los comedores, otros se transforman en bolsones, otros comienzan en un plantín que una familia lleva a su casa y otros vuelven a la tierra.
La intención es que ese recorrido no termine en una sola cosecha. Para fines de octubre, la propuesta es llevar al campo plantines de zapallo producidos en el barrio junto a estudiantes de la escuela Quechallen. Allí aprenderán sobre la siembra y, cuando los cultivos crezcan, la idea es que parte de esos zapallos vuelva nuevamente al barrio.
Para Julia, no alcanza con producir si los alimentos no llegan a quienes más dificultades tienen para acceder a ellos. “No hablamos sobre la producción, sino que hablamos principalmente del acceso al alimento”, explica.

Por eso, mientras las huertas necesitan tiempo para crecer, los bolsones permiten responder a una necesidad más inmediata. Mientras los comedores sostienen la urgencia, las familias empiezan a organizar otras formas de acceder a los alimentos. Y mientras en el campo se siembra maíz y zapallo, en el barrio se aprende a plantar.
Los comedores, dice Julia, siguen siendo fundamentales porque hoy funcionan como uno de los lugares donde muchas personas pueden acceder a la comida. Pero también son espacios de encuentro y organización comunitaria. Entre una hectárea de campo y una mesa familiar hay mucho más que distancia. Hay una cosecha de choclos, cientos de kilos de zapallos, un bolsón de 4 mil pesos, una huerta que vuelve a crecer y una familia que decide qué hacer con el dinero que tiene. El alimento hace ese recorrido y en el camino, se construye comunidad.


