Cien años de la Sirio Libanesa
Un siglo de raíces que siguen vivas
Detrás de las puertas del edificio de la Sociedad Sirio Libanesa hay un siglo de historias de inmigración, esfuerzo y pertenencia. En su centenario, tres descendientes de inmigrantes del Líbano recuerdan el camino de sus padres y abuelos, explican el origen de una identidad marcada por el exilio y muestran por qué esta institución sigue siendo un verdadero hogar.
Fotos: Santiago Mellano
En la calle Baigorria al 200 hay un edificio que podría pasar desapercibido para quien camina sin conocer su historia. Sin embargo, detrás de sus puertas se guarda mucho más que una institución centenaria. Viven los recuerdos de quienes llegaron desde el otro lado del mundo buscando un lugar donde empezar de nuevo. Se conservan las costumbres, los sabores y un profundo sentido de pertenencia que ha sobrevivido al paso del tiempo. Para quienes forman parte de ella, no es simplemente una sede social: es una casa. Un lugar donde la memoria pasa de una generación a otra y donde se construyen lazos que, sin compartir sangre, tienen la fuerza de una familia.
En la entrada nos reciben, sonrientes, Anuar Yapur, Norma Morán de Elaskar e Iván Safadi. Se miran con la confianza de quienes comparten una historia. Anuar, de 90 años, conserva una energía admirable. En Río Cuarto su nombre está ligado a “La Argentina”, la histórica y centenaria tienda del Boulevard Roca. Hoy es el vicepresidente de la comisión directiva de la Sociedad Sirio Libanesa. Norma fue una de las primeras mujeres en integrarse a la institución, allá por la década de 1960. Allí conoció a su esposo, formó su familia y hoy ocupa el cargo de secretaria. Iván, empresario y presidente de la entidad, escucha a ambos con una mezcla de admiración y afecto. Aunque pertenece a otra generación, los une algo más fuerte que la diferencia de edad: el orgullo por sus raíces y el compromiso de mantener viva su historia.
Los tres son descendientes de inmigrantes libaneses. Sus abuelos cruzaron el océano escapando de la guerra y de la opresión, con la esperanza de construir una nueva vida.

Anuar se acomoda los lentes y toma la palabra para explicar una confusión que marcó durante décadas la identidad de muchas familias árabes. “La Sociedad es Sirio Libanesa porque reúne a dos pueblos distintos, aunque ambos sean árabes. Cuando nuestros padres y abuelos llegaron al país, Siria y el Líbano estaban bajo el dominio del Imperio Otomano. Venían con pasaporte turco y por eso aquí los llamaban “turcos”. Pero para nosotros era doloroso”.
Hace una pausa, sonríe, y continúa: “Con los años eso fue pasando. Hoy hasta nos decimos “turcos” entre nosotros con cariño, pero durante mucho tiempo fue una palabra que nos dolía”.
Iván, que lo mira atentamente, completa la historia. “Mi abuelo se ofendía muchísimo cuando le decían así. Los turcos eran quienes los estaban oprimiendo y quienes obligaban a los jóvenes a pelear para defender un imperio que no sentían propio. Muchos escaparon y cruzaron el océano rumbo a América. Algunos llegaron a Brasil, otros a Venezuela y muchos encontraron su lugar en Argentina”.
Se ríe antes de terminar la idea. “Con el tiempo, cansados de renegar, lo adoptamos. A mi abuelo le decían turco, a mi padre también, después a mí y ahora también a mis hijos”.
Los tres están sentados alrededor de una mesa de madera. Las miradas se cruzan entre ellos con la confianza de quienes comparten raíces. Se escuchan, respetan los silencios y esperan con atención la palabra del otro. A un costado, erguidas, las banderas de los países de sus antepasados junto a la celeste y blanca. Sobre las paredes cuelgan los retratos de quienes dieron origen a la Sociedad Sirio Libanesa. Bigotes tupidos, peinados prolijos y la solemnidad propia de las viejas fotografías en blanco y negro. Sus rostros parecen observar en silencio el paso del tiempo y todo el camino recorrido.

La punta del ovillo
Como muchas otras familias árabes, las de Norma, Iván y Anuar, llegaron a estas tierras a principios del siglo XX. Algunos eligieron Río Cuarto; otros comenzaron su historia en pequeños pueblos de la región.
“Mi padre vino en 1907. Ya tenía un hermano viviendo en Río Cuarto y varios años después, en 1922 fundó la tienda La Argentina”, relata Anuar.
Iván acompaña el relato con una mirada emocionada, como si cada recuerdo también le perteneciera. “Mi abuelo paterno llegó desde el Líbano y se instaló en Reducción. En esa época la idea era radicarse en pueblos pequeños, donde no hubiera tiendas”.
Norma también reconstruye la historia de los suyos. “Mi abuelo se instaló en Banda Norte. Tenía una quinta y salía a vender lo que producía”.
Los tres coinciden en que aquellos primeros años estuvieron marcados por el trabajo y el esfuerzo. Muchos comenzaron recorriendo los pueblos como vendedores ambulantes, otros, abrieron pequeños comercios que, con el tiempo, se convirtieron en negocios tradicionales de la ciudad.
Lejos, pero cerca
A medida que la comunidad crecía, también crecía la necesidad de encontrarse y compartir lo que los unía. “En 1926 empezaron a reunirse los sirios y libaneses que vivían en la ciudad. Habían llegado a un país con un idioma totalmente diferente y costumbres distintas. Entonces un modo de sentirse más acompañados era reunirse para compartir comidas, bailes y tradiciones. De ahí nació la primera comisión que terminó dando origen a la Sociedad Sirio Libanesa”, cuenta Norma con orgullo y agrega que nunca hubo división de país ni de religión. “Vinieron católicos, musulmanes, judíos”.
Anuar comenta que su papá fue uno de los fundadores de la sociedad y comentó que el edificio de calle Baigorria comenzó a levantarse en los años 70. Con el tiempo, la institución dejó de ser un punto de encuentro para convertirse en el lugar donde la cultura árabe encontraba la manera de seguir viva.
“El objetivo fue mantener las tradiciones y costumbres, pero también conseguir beneficios sociales que, de manera individual, hubieran sido imposibles. Tenían piel más oscura, un idioma raro, una religión distinta. En esa época, eran discriminados, entonces la unión les hizo conseguir cosas que de otro modo no hubiera sido posible”, asegura Iván y agrega que con el tiempo la misión se amplió: “Hubo un quiebre tras la Segunda Guerra Mundial, cuando Israel ocupó Palestina y comenzó un genocidio que perdura hasta el día de hoy. Tratamos de informar al resto de la sociedad quiénes son los árabes, por qué no somos los terroristas. Explicar el motivo de las guerras fue un anexo que adoptamos. Se estigmatiza mucho al árabe con el terrorismo y tiene una mala publicidad en Occidente que tratamos de revertir desde la institución y explicar que el invasor y el terrorista es el pueblo de Israel con el pueblo palestino”, sostiene.

Toma aire y sigue su relato, sobre lo que implicó su juventud vinculada a las tierras de sus antepasados. “Conservar estas tradiciones nos incentivó a nosotros desde jóvenes a reunirnos, juntarnos y hasta crear un grupo de folclore árabe con los hijos de Anuar, las hijas de Norma y demás integrantes de la fundación. Ahí empezamos a venir y a sentirnos parte”, menciona con una sonrisa que lo lleva años atrás.
La danza fue, durante muchos años, una de las expresiones más visibles de esa identidad que se buscó preservar. En los años 2000, cuando la danza árabe vivió un verdadero auge, la institución se convirtió en un espacio donde esa tradición encontró un lugar para crecer. “Se armó la academia de danza árabe que llegó a tener 300 alumnas. De acá salieron grandes bailarinas. Hoy, esta danza sigue vigente y aquí se puede aprender”, dice Norma.

“La sangre tira”
Los tres coinciden en que la pandemia constituyó un corte en la vida comunitaria de la institución, pero que de a poco vuelve a tener forma. “Lo más importante es que la gente joven se está involucrando. La sangre tira. Aunque nuestros hijos y nietos no hayan nacido en esa tierra, se siente y se vive en el cuerpo. Ver a los nietos entusiasmados con nuestras costumbres es muy lindo”, menciona el dueño de la Tienda la Argentina.
Iván coincide. “El sentimiento es fuerte. La cultura la llevamos metida en el cuerpo y tratamos de llevar la bandera del país de nuestros abuelos bien alta”.
Hoy la Sociedad Sirio Libanesa ya no está formada únicamente por descendientes de árabes. Con el paso de los años, las familias se mezclaron y la institución abrió sus puertas a quienes sienten curiosidad o afinidad por esta cultura. “La cultura árabe se transmite, es muy fuerte”, afirma Norma.
En esa transmisión, las pequeñas escenas familiares tienen un valor enorme. Anuar lo explica con una anécdota que resume una vida entera: “En mi casa me crie como árabe. Con el idioma, la comida, las costumbres y las danzas. Y para no olvidarme, cuando no puedo dormir, me hablo a mí mismo en árabe”, cuenta emocionado.

Los festejos
Los 100 años de la institución será la excusa perfecta para abrir una vez más las puertas a toda la ciudad. Este sábado 8 realizarán una cena con comidas típicas, danzas y una orquesta árabe. Además, el domingo habrá una muestra de objetos tradicionales y presentaciones artísticas.
“Toda la comunidad está invitada a celebrar con nosotros. Aquí puede sumarse quien quiera”, dice Norma y agrega: “el que tenga curiosidad por nuestra cultura o crea que es descendiente de árabes será muy bienvenido. El árabe es muy hospitalario. Nos gusta agasajar a quienes nos visitan y queremos que todos se sientan como en su casa”.
Cuando la charla casi termina, Iván resume, casi sin proponérselo, el verdadero significado de estos cien años. “Familiarmente, no tengo nada que ver con Anuar y Norma, pero son mi familia. Son mis tíos y sus hijos son mis primos. Los que estamos en la institución nos consideramos una familia. Nos une un sentimiento muy fuerte”.
Una institución centenaria donde la historia comenzó con un grupo de inmigrantes que buscaba no sentirse solo. Un lugar donde, cien años después, la hermandad sigue siendo el idioma que todos hablan.

