La puesta en escena de la zarzuela “Luisa Fernanda” certificó que aquí podemos hacerlo y que la participación del Estado es necesaria para que en el desarrollo de las artes no todo sea repetición de géneros y fórmulas.

Cada vez que nieva en Río Cuarto (las pocas veces que nieva), los noticieros, los papeles y la gente de a pie, sienten, y lo repiten a viva voz con toda razón, que están viviendo algo excepcional.
Y es verdaderamente excepcional: todos compartimos la certeza, no exenta de cierto placer inmediato, de que esa nevada es algo poco frecuente, totalmente fuera de la común.
En ese sentido se puede afirmar, como lo afirma el título de esta nota, que la presentación de la zarzuela Luisa Fernanda el 29 y 30 de agosto en el Teatro Municipal, fue algo excepcional. Claro que esa excepcionalidad rebasa la simple constatación de su rareza: la de ser la primera puesta de una obra del teatro lírico español con protagonismo casi excluyente de artistas locales.
Esa excepcionalidad, escrita y subrayada aquí sin ambages, atiende, además, y diría que esencialmente, a la calidad del producto final, eso imaginado al presentarse el proyecto.

Ese anhelo que planteó Julio Menéndez cuando asumió a pleno que las cualidades vocales del Coro Polifónico Delfino Quirici, que dirige, podían ser eje de una realización tan desafiante.
Lo que va de aquel albur hasta la puesta de “Luisa Fernanda” que acabamos de disfrutar, supuso un derrotero de largo aliento y con características sin precedentes en la ciudad.
Si me detengo en ese origen y ese proceso es para dejar por escrito que se trató de un desafío de riesgo cierto, tanto por las exigencias propias del género como por las singularidades de su ejecución.
Sé que el canon de la crítica precisa que al opinar sobre un hecho artístico debe prescindirse de las consideraciones en torno a los detalles de su preparación y otras tribulaciones por el estilo. Comparto esos preceptos de la crítica y si me aparto de ellos en este exordio, es porque creo necesario subrayar un mérito adicional a lo mucho y bueno que disfrutamos en escena.
Cumbre del género
“Luisa Fernanda” es una de las piezas más destacadas del ancho y poco difundido universo de la zarzuela, un mundo acaso algo encriptado debido a las características culturales que expresa. Porque la unión entre la partitura de Federico Moreno Torroba y el libreto de Federico Romero y Guillermo Fernández Shaw, configura un emblema del Teatro Lírico español, y además es muy español
Cuenta una puja de amores entre gentes de la Madrid de mediados del siglo 19, y se desarrolla en medio de una situación política y social de gran calado en la historia de España.
Tambalea la corona de Isabel II jaqueada por un movimiento que la destronó, y se prende la mecha, se siembra la semilla dice el líder revoltoso, para la llegada, años después, de la 1ª República.
Si bien ha habido en las diferentes versiones de esta zarzuela, varios intentos de deslocalizarla, el original está intencionadamente plantado en un lugar y un tiempo claramente definidos.
En ese lugar y tiempo sucede la puesta que se presentó en nuestro Teatro Municipal: informe de situación que resulta una expresión potente de conductas, conflictos, y costumbres de una época.

En esa condición de pieza acabada y completa en todas sus aristas, “Luisa Fernanda” obliga a atender en principio a su inspirada vena melódica, y a la brillantez de su escritura para la voz.
Tratada musicalmente, por lo general, a través de formaciones orquestales más completas, la reducción instrumental perfilada en los arreglos fue el primer acierto de la versión local.
La delicada interpretación del ensamble, preparado sutilmente por Irene Amerio, y dirigido por el propio Julio Menéndez, supo transmitir la impronta sinfónica de la partitura original.
Engañosa sencillez
Ese desarrollo instrumental y vocal, debe engarzar en la zarzuela, con el elegante casticismo, en canciones y parlamentos, requerimientos del habla de época, y con los aires y danzas populares.
“Luisa Fernanda” requiere conseguir esa cadencia sin abrumarse en particularismos que se enquistan en otras piezas del género: exige una expresividad que oscile entre lo amoroso y lo social.
Se trata de situar sus muy precisas acotaciones históricas -la asonada revolucionaria con la batalla del Puente de Alcolea, citada en el texto- entre la respiración amorosa esencial de la historia.

Ese proceso de mixtura se presenta ya con la estremecedora “Habanera del Saboyano”, que canta Pablo Sánchez, un organillero ciego que anticipa la conflictividad de la época. Ese prólogo, al dar cuenta de un conflicto muy abarcador, que a veces sucede fuera de escena, encierra, sitúa, el otro conflicto: la duda acerca de si el amor compartido resultará triunfante.
Luisa Fernanda está enamorada de Javier Moreno, coronel de húsares y realista que, aunque también está enamorado de ella, hace mucho que, enzarzado en su oficio y su ambición, no comparece. Esa situación habilita el deseo de Vidal Hernando, hacendado extremeño que se asume revolucionario menos por convicción que para arrimarse y ganar la sentimentalidad fragilizada de esa mujer.
El disparatado y aventurero mozo Aníbal (cuya interpretación tendrá una referencia aparte), la Duquesa Carolina con sus ínfulas monárquicas intrigantes, la posadera Mariana, entre solidaria y correveidile (que tiene momentos interlineados de destaque, brillantes Virginia Gorostiaga, el sábado y Noelia Reartes, el domingo) son otros personajes con carnadura que intervienen en la trama.
También lo hacen, aunque en menor medida el acomodaticio padre de Luisa Fernanda (Martín Quiroga) el convencido jefe revolucionario (Sebastián Galle), la costurera Rosita (Noelia Reartes y Virginia Bordone, sábado y domingo respectivamente), el posadero Pizco Porras (Martín “Pachy” Falcatti, y los habitantes del lugar de los hechos (los coreutas), que circulan con mucha convicción y gracejo en derredor de los dos conflictos centrales que se interceptan: la historia de amor y la revuelta antimonárquica.
Bella música y mucha gracia
Haciendo pie en la calidad interpretativa del ensamble para transmitir la poderosa orquestación de la partitura de Moreno Torroba, la puesta en escena se adaptó magistralmente a sus límites. Esos límites estructurales, propios de las condiciones de la sala y de las posibilidades de la producción ejecutiva, quedaron disueltos gracias al sutil trabajo de Carlos Iaquinta como regidor.
La soltura de su dirección de escena construyó la fluidez del relato, otorgó carnadura a las cuitas de los personajes, y potenció la sorprendente y elogiable transmisión de los protagonistas.
Queda dicho que la particularidad de la zarzuela entre los géneros líricos, es su combinatoria de modos expresivos: canciones (dúos, solos y romanzas), textos narrativos dialógicos y danzas.

De modo que las partes protagónicas requieren de las ajustadas apariciones del coro y del cuerpo de baile, que aquí son responsabilidad de Luciana Cazzola y Claudia Guerrero respectivamente. La exigencia no proviene tan solo de la partitura de Moreno Torroba, con su magnífico diseño melódico, sino además de la evolución emotiva de las acciones que se señalan en el texto.
Esas variaciones emocionales que se despliegan en la confluencia de las dos historias, la íntima y la social exigen una adaptación. interpretativa bien circunstanciada. Y requieren prestaciones interpretativas, ya sea en las canciones o en los parlamentos, que acompañen y connoten los diferentes matices musicales que surgen de la bella partitura.
Grandes secuencias
Vidal, personaje favorecido en cuento al protagonismo de sus intervenciones vocales, cantando las romanzas «Luche a fe por el triunfo» y “Ay mi Morena, morena clara” en la escena de los vareadores, y los dúos “En mi tierra extremeña” con Luisa Fernanda y “Para comprar a un hombre” con la Duquesa.
Javier, a dúo, presentándose con un orgullo que irá desapareciendo con la trama y antes de dar a conocer sus cuitas amorosas en «De este apacible rincón de Madrid» y el maravilloso, estremecedor y célebre dúo final “Callate corazón” conocido también como “Subir, subir y volver a caer”, con Luisa Fernanda.
Cada uno de esos grandes momentos (a los que hay que sumarle “La mazurca de las sombrillas” que la Duquesa Carolina y Javier apuntalados por la potente y expresiva aportación del coro y algunos pasos de fino humor costumbrista) son testimonios de la extraordinaria riqueza musical de la obra.

En cada uno de ellos resultaron brillantes las interpretaciones y de Gabriela Morales y Melisa Álvarez (Luisa Fernanda), Marcos Ábalos Luna y Mauro Espósito, reemplazo, el único que no es integrante del Delfino Quirici, ambos en el rol de Vidal), Virginia Bordone y Valeria Alcántara (Duquesa) y Lautaro Mule y Juan Manuel Testa (Javier).
Cierto es que, en los matices propios de cada intérprete, la particularidad de sus colores, el manejo de los acentos, la adaptabilidad tímbrica, las posibilidades de ornamentación, y la distinta capacidad para proyectar, pueden señalarse diferencias en cada prestación
Pero más allá de esas particularidades que pudieran dar lugar a comparaciones entre los distintos intérpretes (que en los roles centrales fueron diferentes en cada puesta) hay algo superior a destacar: la apabullante naturalidad con la que todos se desenvolvieron.
A la altura del desafío
Brillando con un notable sentido de apropiación de los roles, poniéndose al servicio de la historia que se cuenta con una vis interpretativa de sorprendente naturalidad, el elenco respondió plenamente a las exigencias de un género complejo que casi ninguno había cantado antes con ese nivel de protagonismo.
Algo doblemente meritorio por expresarse en el marco de una obra cumbre del género, con una partitura que alcanza alturas de verdadera inspiración y que es bastante más que una colección de números diestramente colocados en torno a un desarrollo musical brillante.
Entrelazado de asuntos íntimos y cuestiones histórico-sociales muy precisas, españolísima, expresión de una cultura muy claramente situada, “Luisa Fernanda” tuvo una puesta a la altura de sus exigencias en esta versión “made in Río Cuarto” que, más allá de los gustos personales, en muchos sentidos dejó al público boquiabierto. Y que le dio la razón a Julio Menéndez cuando se puso impulsó la idea de poner por primera vez en escena una zarzuela con protagonismo casi excluyente artistas locales, desde la convicción de contar con un grupo de cantantes y otros artistas facultados para asumir el desafío. No estaría de más que la comunidad toda, tomara nota de eso.


