EL MILAGRO DE LOS VIERNES, 5 panes, 2 peces y 140 viandas

Cada viernes, voluntarios de la Parroquia San Roque cocinan y reparten comida a familias y personas en situación de calle. Pero la necesidad crece: hubo noches en las que las 140 viandas se agotaron antes de salir.

Fotos: Laura Scott

Es viernes, sin importar qué viernes del año, porque siempre se repite la secuencia. Nueve de la noche en la Parroquia San Roque, en los banquitos de afuera se van juntando familias. Adentro, en la cocina, Ruth arma bolsas de 10 naranjas. Marcelo está terminando de ponerle film a las últimas viandas que se van a repartir. “Con 5 panes y 2 pescados”, dice uno de sus compañeros, refiriéndose a aquel milagro contado en la Biblia, donde una multitud hambrienta fue alimentada con casi nada. La comparación no parece exagerada. En San Roque, quienes cocinan sienten que cada viernes ocurre algo parecido: los ingredientes parecen pocos, pero el plato siempre se multiplica. Aunque no siempre alcanza.

Una semana antes, la historia había sido distinta. La preparación era la misma, pero la comida llegó a distintos puertos. Las conservadoras cargadas de polenta y arroz con salsa habían salido en varios autos para recorrer distintos puntos de la ciudad. La misión era, como la de todos los viernes, encontrar a quienes dormían en la calle o pasaban la noche lejos de una mesa familiar. Este viernes también habían cocinado mucho. Más que otras veces. Ciento cuarenta porciones de guiso de lentejas esperaban ser repartidas. Pero ocurrió algo que nadie había previsto: no pudieron salir. No porque faltaran manos ni autos. No porque la lluvia amenazara. No porque hubiera algún inconveniente. Simplemente porque las viandas se terminaron antes de cruzar la puerta de la parroquia.

“Recemos para que no sea necesario esto que hacemos, para que cada uno tenga un plato de comida en su casa”, dice el padre Carlos Juncos mientras se unen en oración con las familias que se acercaron a recibir su vianda. Desea que cada uno pueda por sus propios medios alimentarse en su hogar. Pero mientras eso no sea posible, en la Parroquia seguirán cocinando más y más viandas. Cuando los voluntarios que cocinan y reparten observaban cómo rápidamente se vaciaban las conservadoras, pensaban en hacer más las siguientes semanas. “Nosotros ponemos por el grupo de las donaciones que necesitamos más insumos y seguro que nos donan” dice Marcelo, un hombre que está feliz del servicio que hace. Cuenta también que cada lunes mandan un mensaje con lo que necesitan para cocinar el viernes siguiente, y que llegan donaciones de toda la ciudad. En pocas horas tienen todo lo necesario. “Te juro que me llena el corazón, con pocas cosas hacemos un montón. Con 3 kilos de carne molida, 3 kilos de chorizo, algunas verduras y poco más, hacemos una cantidad que parece imposible”, dice mientras sus ojos se humedecen orgullosos. “Con 5 panes y 2 pescados” dice uno de sus compañeros. También proponen, como han hecho en ocasiones anteriores, recibir donaciones de viandas ya hechas y sumarlas a las que se cocinan. Así llegarían a mayor cantidad de personas.

Este viernes entregaron 140. Todas las porciones encuentran sus dueños a pocos metros de donde habían sido cocinadas, ahí en la Parroquia. Un poco desorganizados, se forman en el pasillo central de la iglesia. A los pies del altar, las conservadoras de telgopor alojan el guiso de arroz. Unos sánguches de milanesa también, bolsas de pan y las naranjas separadas por Ruth. Los niños son los primeros en la fila. Uno de ellos mira con ansias los sanguchitos y pide uno. Está en short y ojotas sin medias, aunque afuera hagan menos de 15 grados. Sus manitos están sucias. En el primer mordisco su mirada ya se vuelve un poco más alegre, y recibe feliz el alfajor que le tenían preparado a los más pequeños.

Eduardo también estuvo allí, aunque no dentro de la parroquia. El viernes anterior estaba sentado en el suelo de la terminal, apoyado contra una columna y con un libro entre las manos. Vestía una boina y un tapado grueso. Decía que se iba a Córdoba a probar suerte, que en Río Cuarto ya no le alcanzaba para sostenerse. Recibió el arroz agradecido, feliz de poder comer algo caliente.

Este viernes, en cambio, la historia fue distinta. Las viandas se habían terminado antes de tiempo y los voluntarios solo pudieron salir con las naranjas que Ruth había preparado y algunos pedazos de pan. Rolando esperaba afuera del hospital, sentado sobre un tacho de pintura de veinte litros. Con el bastón entre las manos, recibió las frutas y respondió con una tranquilidad inesperada: “No pasa nada, chicas. Cuando no hay, no hay”, les dijo a las mujeres que se disculpaban por no poder acercarle una porción caliente. Otros, incluso, rechazaban las donaciones porque ya alguien más les había dado comida y preferían que llegaran a quien más lo necesitara.

La necesidad también se veía puertas adentro. En la parroquia San Roque, algunas familias pasaban dos veces por la fila. Primero la mujer, después el marido o alguno de los hijos. Los voluntarios —y el padre Carlos— a veces lo advertían, pero preferían callar. Al terminar la repartida, una voluntaria comentó con disgusto: “Padre, tal persona pasó dos veces, qué mal”. Carlos respondió con calma: “No juzguemos. Imagínense cómo está la situación de grave, que las personas tienen que llegar a mentir para comer. Yo no los juzgo, me preocupo más”. Los viernes en San Roque no terminan en la parroquia. Empiezan ahí. Desde esa cocina salen recorridos hacia barrio Alberdi, Banda Norte, la terminal, el hospital, el centro y los rincones donde los trapitos esperan el final del día. Cada auto toma un rumbo distinto, como si intentara alcanzar los puntos donde la ciudad duele un poco más. Porque el hambre no vive en un solo barrio ni espera en un único lugar. Se reparte. Y ellos también. Mientras haya alguien esperando una vianda caliente, en San Roque seguirán cocinando, pidiendo donaciones y multiplicando lo poco. Como si, cada viernes, el milagro de los cinco panes y los dos peces todavía encontrara alguna forma de repetirse.

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