Netanyahu, ¿el dueño de la paz?

Pese a la necesidad de Trump de abandonar el Golfo, la llave del cese del fuego la tiene un Netanyahu cuya legitimidad depende de mantener sus ataques a Líbano

La paz en el estratégico estrecho de Ormuz, el corredor marítimo más crucial para el petróleo mundial, se encuentra bajo una vulnerabilidad extrema que depende de manera directa de la voluntad y los cálculos políticos del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. El tablero de Oriente Medio se ha reconfigurado drásticamente en los últimos años, transformando un viejo conflicto de baja intensidad en una confrontación directa y abierta que amenaza de forma constante con paralizar la economía global.

Históricamente, el estrecho de Ormuz, un angosto paso de apenas 33 kilómetros que separa a Omán de Irán, ha sido utilizado por Teherán como su principal carta de negociación y amenaza asimétrica. Por aguas de este cuello de botella circula diariamente aproximadamente la quinta parte del consumo mundial de petróleo líquido y un tercio del gas natural licuado. Cualquier interrupción prolongada en este punto de tránsito provocaría un choque inflacionario inmediato, disparando los precios de los combustibles y desestabilizando los mercados energéticos globales.

Durante décadas, la disuasión occidental y la diplomacia regional lograron mantener el estrecho navegable, aislando las tensiones del golfo Pérsico del conflicto palestino-israelí. Sin embargo, ese cortafuegos geopolítico se ha desvanecido por completo.

La causa fundamental de esta interconexión destructiva radica en la doctrina de seguridad impuesta por el actual gobierno de Israel. Tras el estallido de la crisis regional y la posterior campaña militar israelí, la confrontación por delegación —el llamado “eje de la resistencia” liderado por Irán a través de milicias como los hutíes en el mar Rojo o Jizballah en el Líbano— escaló a intercambios de misiles balísticos sin precedentes directos entre Tel Aviv y Teherán. En este nuevo escenario, Ormuz ya no es una crisis aislada, sino el último eslabón de una cadena de represalias cuyo gatillo principal se encuentra en la oficina del mandatario israelí.

La supervivencia política de Netanyahu ha demostrado estar profundamente ligada a la prolongación y profundización del estado de guerra generalizado. Presionado por los elementos más radicales de su coalición de gobierno y acosado por sus propios frentes judiciales internos, el primer ministro ha optado sistemáticamente por la vía de la escalada militar por encima de los compromisos diplomáticos. Cada decisión de atacar activos iraníes de alto nivel, de ejecutar operaciones de precisión en territorio enemigo o de rechazar treguas sostenibles en Gaza y el Líbano genera una onda expansiva que viaja de inmediato desde el Mediterráneo oriental hasta las aguas del golfo Pérsico.

Irán, consciente de su inferioridad tecnológica y militar directa frente a Israel y su aliado estadounidense, responde mediante la asimetría estratégica. Cuando Israel golpea los intereses vitales de la República Islámica, la respuesta de Teherán no siempre busca el ojo por ojo en el campo de batalla levantino, sino que se proyecta hacia las arterias económicas de Occidente. Ormuz es el escenario perfecto para esta represalia. El secuestro de buques comerciales vinculados a intereses occidentales, el despliegue de minas marinas o el hostigamiento a cargueros son las herramientas con las que Irán intenta imponer un costo intolerable a la comunidad internacional para que esta, a su vez, frene las acciones israelíes.

Por lo tanto, la estabilidad del estrecho de Ormuz se ha convertido en rehén de la agenda de Netanyahu. Si el gobierno israelí decide cruzar nuevas líneas rojas, Irán activará inevitablemente el cierre o sabotaje del estrecho como mecanismo de defensa y chantaje geopolítico. La comunidad internacional, encabezada por Estados Unidos y la Unión Europea, observa con creciente alarma cómo sus propias economías dependen de la contención de un líder que ha demostrado poca disposición a escuchar las advertencias de sus propios aliados tradicionales.

La resolución de esta crisis no se alcanzará patrullando las aguas del golfo Pérsico con más flotas de guerra ni mediante sanciones económicas asfixiantes contra Irán. Esos mecanismos actúan sobre los síntomas, no sobre la raíz del problema. La verdadera llave para desactivar la bomba de tiempo en Ormuz se encuentra en Jerusalén. Mientras la voluntad de Netanyahu siga priorizando la confrontación total y el cálculo político personal sobre la estabilidad regional, el comercio marítimo mundial continuará navegando al borde del abismo, supeditado al próximo movimiento en el tablero del primer ministro israelí.

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