Centenario del Asilo San José
Cien años sin soledad
Desde sus inicios, el Asilo San José fue un bálsamo para aquellas personas que en su madurez se encontraban solas y sin un hogar. En diciembre cumple un siglo de vida. Hoy, 65 personas mayores construyen allí una nueva etapa acompañadas por voluntarios, trabajadores y compañeros de camino. En sus pasillos el tiempo parece detenerse, pero no para esperar: para compartir, recordar y volver a empezar. Allí los días no pasan ¡se viven!
Fotos: Santiago Mellano

La mañana es cálida. Una niebla tenue desdibuja el sol, aunque le permite aparecer tímidamente. La avenida Marcelo T. de Alvear alberga la furia de los conductores que tienen que llegar a tiempo. Solo las luces rojas los detienen. En la calle México, doblamos. Unos pasos a la derecha y está el asilo San José. Allí, el movimiento es constante. Algunos caminan por el parque, serenos, dejando que aparezcan recuerdos de otros tiempos. Otros, recorren los largos pasillos de esta casona añeja, atraviesan habitaciones y se asoman por las puertas buscando un amigo, una cara conocida, una charla.
Aquí el tiempo tiene otra medida. No se apura ni se impone: se construye de momentos. Entre risas y pequeñas escenas cotidianas, en este lugar se le hace frente a la soledad. En definitiva, se vive.
Detrás de una puerta bien lustrada aparece una mujer de pelo entrecano y anteojos colgando del cuello. Es Carmen Galetto, la presidenta de la comisión directiva. Nos invita a pasar a un espacio donde hay otras mujeres que charlan y se ocupan de distintas tareas.
“El 5 de diciembre celebramos los 100 años del asilo. Es el primer edificio que se construyó en Córdoba con este fin específico. Nosotros dependemos de la Sociedad de San Vicente de Paúl, una organización solidaria internacional”, comenta Carmen con entusiasmo.
Los pasillos vidriados parecen estar hechos para reconciliar el adentro con el afuera. La luz entra sin pedir permiso y convierte el paisaje en una compañía silenciosa. Entre un tramo y otro, los sillones invitan a detenerse. Allí, algunos esperan una visita, otros siguen el vuelo de una mariposa o se entregan a una conversación sin apuro. También hay quienes simplemente descansan antes de continuar hacia el comedor. En esos pasillos, el tiempo no corre: acompaña.
Carmen toma la palabra y empieza la historia: “El asilo se ha ido modificando con los años. Al comienzo eran solo dos habitaciones, con camas enfrentadas, como si fueran los dormitorios de un ejército”, recuerda y agrega que hoy el edificio tiene dos comedores, uno en cada extremo, más el comedor grande donde se hacen los eventos. “Son 22 habitaciones, cada una con su baño. En total, con la capilla, son 4.500 mts. cuadrados”.
El sostenimiento de ese universo cotidiano es posible por el pago de un arancel por parte de los residentes, un subsidio provincial destinado a la atención permanente de las personas mayores y un aporte del Municipio. Muchas veces, lo que ingresa no alcanza a cubrir todas las necesidades y por tal motivo realizan una feria de ropa solidaria los martes y jueves por la mañana. “Con lo que recaudamos, siempre reponemos utensilios de cocina, manteles y demás elementos que hacen al funcionamiento”, cuenta Carmen.

Vivimos más
El asilo San José es hoy el hogar de 65 personas, en su mayoría mujeres. Llegan desde la ciudad y desde distintos pueblos de la región, cada una con una historia escrita a fuerza de años. Algunos traen recuerdos que pesan como piedras; otros, memorias que todavía saben a verano. Pero una vez que cruzan la puerta, esas vidas empiezan a entrelazarse en una historia compartida.
“Hay una lista de espera de 30 personas. Los residentes tienen un promedio de edad de 90 años. Tenemos una residente de más de 100 años y dos de 99. Presentan distintas situaciones de salud: algunos tienen dificultades para movilizarse por sí solos y otros mantienen mayor autonomía. Cada vez ingresan personas de más edad, porque vivimos más”, cuenta Carmen, que desde hace 34 años forma parte de esta familia extensa.
La vida diaria transcurre entre los amplios espacios verdes del predio. El tiempo parece encontrar otro ritmo. En el parque, bajo la sombra de los árboles, algunos van detrás de una pelota como si la infancia hubiera decidido quedarse un rato más. Otros caminan despacio, buscan el calor del sol en un banco o contemplan el movimiento de las hojas. Cada uno habita el día a su manera. El cuidado también busca correrse de la lógica tradicional. “No somos un geriátrico, sino una residencia de larga estadía”, resume Carmen. Con un equipo interdisciplinario, la institución promueve un envejecimiento activo a través de actividades recreativas y del trabajo conjunto con universidades y PAMI, que impulsan talleres de estimulación cognitiva y rehabilitación física.

Ita, Tita y Pocho
Recorremos uno de los pasillos. Los pisos son cuadraditos color marrón desgastados por el paso del tiempo. Tienen memoria: han acompañado el andar de muchos. Una máquina de coser se convierte en mesa y sostiene una maceta con un incipiente helecho. Seguimos caminando, y hay un recoveco: un puñado de sillas y unos cuadros de Chaplin colgados de las paredes. Son lugares especiales, dentro de un espacio que abraza.
Ingresamos al comedor de las mujeres. Ahí están ellas. Algunas sentadas alrededor de la mesa; otras, en un sillón. A mi derecha está “Ita”. “Me llamo Margarita, pero me dicen Ita. Estoy en la 4. Me gusta pintar. Si no pinto, leo. Vivía cerca de la terminal, pero me empecé a caer, por eso vine acá”, cuenta mientras improvisa un pequeño juega con “Coqui”, una perrita mestiza que pasea como pancho por su casa.
De nuevo en el pasillo, parece Tita, que camina ligero y lanza una mirada de ojos azules fulminante. Tiene una chalina del mismo color. “Viví en Mattaldi, Jovita y después en Río Cuarto”, detalla y cuenta que llegó con su esposo al asilo, pero él falleció. “Él se fue y yo me quedé acá”.
A lo lejos, la presencia masculina. Dos señores entran desde el jardín. Charlan animadamente. Uno de ellos es Raúl, alias “Pocho”, con 90 años “muy bien cumplidos”, según sus propias palabras. “Desde que soy chico, mi vida ha estado ligada a este lugar. Tomé la comunión en la capilla, en 1945, y siendo chico, organicé una rifa con chocolatada para ayudar”, dice con una sonrisa que se destaca en su rostro. Lleva boina y pañoleta, el invierno no da tregua.

Voluntarias
De manera activa, son alrededor de siete personas las que trabajan en este espacio de manera voluntaria. Carmen tiene 80 años, recién cumplidos. Entró en 1992 siendo “roperita”, acomodaba la ropa de los residentes. Para ella, este espacio es su segunda casa, y cuando no va, extraña. Ana tiene el cabello corto y rubio. Activa y alegre, es la que se encarga de las plantas, y también, de la escucha. “Somos una familia grande, donde cada integrante tiene su mochila. Cuando esa mochila se desprende, no sabés las historias que hay. Siempre digo que me gustaría escribir un libro. Me ocupo de escucharlos, preguntarles de sus cosas y de ofrecerles la parte espiritual. Aquí vienen dos diáconos y hay oración, momentos de fe”, comenta.
Hay otro rostro femenino por ahí dando vueltas. Le dicen “Bea”. Tiene un andar vivaz y paciente. Conoce cada residente como la palma de su mano. Nos acompaña a recorrer el lugar y nos cuenta anécdotas atravesadas por los años. Mientras camina, va saludando y trata con cariño a cada uno que encuentra a su paso. “Charlo y charlo con ellos. Me encanta, te cuentan su vida, de sus familias, de sus sueños”.

Adaptación
Son pocos los que llegan y se sienten en casa de un día para el otro. Por eso, antes del ingreso definitivo, cada nuevo residente atraviesa un período de adaptación de un mes. Hay quienes desde el primer día hacen propio el lugar. Otros, necesitan más tiempo.
“Al principio, cuando empecé a venir, pensaba que era un poco cruel que las familias los trajeran acá”, confiesa Ana. “Con el tiempo entendí que muchas veces es la mejor opción”.
La convivencia exige aprender a vivir con personas que tienen otras historias y otras costumbres. No siempre es fácil hacer amigos, aunque las afinidades terminan apareciendo. Entre el desayuno de las 8.30, el almuerzo cerca de las 12.30, la merienda por la tarde y la cena alrededor de las 20, los días van creando una rutina compartida.
Con el correr de las semanas, muchos descubren algo que quizás les faltaba antes: compañía. Conversaciones con personas de su misma generación, recuerdos compartidos, intereses en común. “Quizás en sus casas estaban un poco solos. Acá están con pares. Al final entendés que necesitaban estar aquí, que este es su lugar”, reflexiona Carmen convencida.

Memorias
Ana tiene otra tarea silenciosa: guardar las historias de quienes pasan por la residencia. Las recuerda con nombres, rostros y detalles. “Margarita vivía con su hermana, era de la zona. Cuando ella falleció, los sobrinos querían quedarse con la casa. La convencieron de venir acá prometiéndole que le iban a comprar un departamento. Nunca pasó. Se sentaba junto a la ventana y esperaba algo que nunca llegó”, cuenta.
También recuerda a Josefina. “En esa época, una de las hijas tenía que quedarse a cuidar a los padres. Le tocó a ella. Cuando murieron, vendieron la casa y los sobrinos la trajeron acá. Nunca vio nada de la herencia”.
Dice que historias como esas se repiten más de lo que gustaría. Sin embargo, también asegura que, con el tiempo, la residencia suele convertirse en un refugio donde el dolor pierde peso entre nuevas amistades y pequeños gestos cotidianos.

La vida misma
En el asilo, las puertas están abiertas todos los días para las visitas. “Ellos esperan… Miran por la ventana y miran en dirección de la puerta. Muchas veces, cuando hay una sonrisa, ya sabemos que alguien viene”, dice Bea.
Carmen aclara que hoy las familias tienen una presencia mucho más activa. “Acompañan, contienen y están. Muchos residentes pasan los fines de semana con sus hijos o nietos y vuelven. Pero a veces, hasta ellos mismos extrañan este lugar y quieren regresar.”
Bea dice que a veces aún persisten prejuicios sobre las residencias de larga estadía. “Hay que ponerse en el lugar de las familias. Se juzga mucho la decisión de traer a un padre o un abuelo, pero nadie conoce la realidad del otro. Con los años esa mirada ha ido cambiando y cada vez se entiende más que, en muchos casos, esta es la mejor manera de cuidar”. Al final, quizás eso sea lo que sostiene a este espacio desde hace casi un siglo: la certeza de que cada historia merece ser escuchada y cada día puede guardar algo importante: una sonrisa en un pasillo, una charla al sol, una visita que cruza la puerta.

