La condenan a 11 años por matar a su hijo

Del plan suicida al peor crimen

María Eugenia Juárez (48) era una buena madre y vivía para su hijo Aarón. Eso afirman todos los que la conocen, por eso cuesta tanto entender el horrendo asesinato que esta semana la tuvo sentada en el banquillo. En una carta escribió que se quitaba la vida y que se llevaba también la de su hijo para que no sufriera. Sin embargo, cuando la Policía la detuvo, dijo que no se acordaba de nada.

Director periodístico

Aarón rara vez sale de su habitación. Tiene catorce años y, como todo adolescente, pasa la mayor parte de sus horas entre esas cuatro paredes. Ese es su refugio. Su cueva. Así la llama él: “mi cueva”. Hijo de padres separados, con una media hermana policía que es varios años mayor que él y ya se independizó, vive solo con su madre, María Eugenia Juárez, en una sencilla casa de Aníbal Ponce 1169, de barrio Alberdi.

Los que los conocen no dudan en afirmar que madre e hijo son uña y carne. Inseparables. Aarón transita tercer año en la escuela que queda frente a la Sociedad Rural. Es de los más destacados de su curso, y en la familia saben que si sigue así acabará siendo abanderado. Su madre, en cambio, a duras penas atravesó el primario, después de repetir primer y tercer grado. El fulgurante recorrido escolar de Aarón, solo empañado por algún episodio de bullying por su tendencia a engordar, parece una dulce compensación del destino: donde su madre sólo veía dificultades, él encadena calificaciones sobresalientes.

Su padre trabaja de canchero en clubes de la ciudad y lo va a visitar siempre a su casa de barrio Alberdi. En cambio Aarón, no. Él rara vez acepta quedarse en la casa de Carlos, su papá. Y tiene un motivo justificado: las dos últimas veces que su madre intentó quitarse la vida coincidió con la ausencia de Aarón de su casa. Por eso no la deja ni a sol ni a sombra. “Mi hermano no quería dejarla nunca sola, porque tenía miedo de que mi madre se autolesione”, comenta ahora Yanina, su hermana,  sentada en la solitaria silla destinada a los testigos, frente a tres hombres de traje y corbata y otras ocho personas vestidas de sport, que actúan como jurado popular.

En uno de los pocos tramos en el que se la vio conmocionada fue cuando declaró su hija.

A tres metros de la testigo, sentada en el banquillo,  María Eugenia Juárez, se seca las lágrimas con un pañuelo de papel  apretado en un puño, sin quitarle la mirada a su hija. Ella, Yanina, y el hermano de María Eugenia son los únicos que la visitan en la cárcel de Bouwer. Ahí está detenida desde los primeros días de agosto del año pasado porque en el penal de Río Cuarto las otras internas querían lincharla: María Eugenia Juárez asesinó a su hijo con 12 puñaladas de un cuchillo tramontina.  Ocho de esas lesiones, se localizaron en el cuello. Una sola fue la que le provocó la muerte, la que le seccionó la aorta. Cuando lo atacó, Aarón dormía en su “cueva”.

“¡Nunca pensé que fuera a hacer algo así, y menos con Aarón!”, confiesa Yanina y mirando por primera vez a los ojos de su madre, le formula la pregunta que todos en la sala de juzgamiento quisieran hacerle: “¿Por qué, mamá?”.

Explicar lo inexplicable

Es lunes 7 de septiembre.  Ya transcurrió más de un año de aquella jornada trágica y como sucediera en las primeras horas del hallazgo, hay una parte de la historia que está clara –no hay dudas de lo que pasó y de quien fue la responsable-, y otra parte que sigue en sombras. Tan evidente era el cuadro probatorio cuando la Policía la detuvo, que Juárez apenas atinó a decir que no recordaba nada de lo que pasó. Su ex pareja, Carlos Alaniz (46) esa tarde trabajó hasta entrada la noche en la cancha de Estudiantes. Al volver a su casa, logró hacer funcionar el celular que le estaba fallando y se topó con innumerables llamadas y mensajes de María Eugenia. Cuando se comunicó con ella, lo que le dijo en la videollamada lo dejó sin aliento: “Vení con la Policía que le hice daño a Aarón”, escuchó antes de salir disparado hacia la escena del crimen.

Su hijo yacía ensangrentado y ya sin vida. Pero el aún no lo sabía. En su desesperación lo levantó con la intención de llevarlo al hospital. “Es nuestro bebé, ¿qué hiciste?, le dije pero ella sólo me decía que no se acordaba. No había desesperación, ni llanto, no la veía triste”, se sorprende aún hoy el testigo que en este juicio actuó como querellante.

“Aarón era el que cuidaba de su madre, lo que él no sabía era que estaba por convertirse en su víctima”, dijo Rivero en su alegato.

La parte de la historia que permanece en penumbras, el interrogante que se resiste a dar con una explicación lógica, es el por qué. Lo dice el abogado defensor, el asesor Pablo Demaría, cuando presenta el caso a los jurados populares: “Acá ustedes no tienen que probar lo que pasó ni cómo pasó, ¡eso está acreditado! Lo que se discute acá es el por qué. Y eso no lo sabe nadie. En este juicio trataremos de explicar lo inexplicable”. Para Demaría, la dura historia de vida de su defendida y el persistente cuadro depresivo que la acompaña desde hace largos años puede aportar indicios para responder a ese incómodo interrogante. “María Eugenia fue criada en un contexto de abandono. Su madre se suicidó tomando medicamentos, su padre se fue y nunca más la vio, y ella terminó siendo madre a los 15 años”, resume.

“Uno vivo y otro fallecido”

La voz de María Eugenia se oye apagada. Así también luce el rostro pálido, de ojos negros que parecen contener un llanto acumulado desde hace años. Entrelaza las manos sobre el taburete del banquillo y así las mantiene en una plegaria silenciosa. Dice que es madre de dos hijos “uno vivo, y otro fallecido (sic)” y agrega que cuando vivía con Aarón  ambos subsistían con dos pensiones , la que le dieron a su hijo por su condición de asmático y la que obtuvo ella por su salud mental, una larga depresión que la atenazaba desde hace años y que aún hoy no la suelta. “Me la paso llorando, y la única forma de poder dormir es con pastillas si no no duermo en toda la santísima noche”, dice. Y agrega algo que, a la luz de lo que hizo, suena como un baldazo: “estaba por ir a un psicólogo, y se dio todo esto”.

Cuenta que por las amenazas de las otras internas tuvieron que sacarla de la cárcel de Río Cuarto y la enviaron a una celda de máxima seguridad en Bouwer, para preservar su integridad. Sin embargo, la mayor amenaza de María Eugenia no son las otras internas, es ella misma. Todos en la sala lo saben.  A poco de estar presa, el 4 de octubre de 2025, se hizo un tajo de punta a punta en el cuello con dos hojas de afeitar. “Pero no lo logré”, dice con un tono plano, desprovisto de emociones.

La carta

En medio del caos de prendas y sábanas ensangrentadas, en un rincón de la casa donde apuñaló a su hijo, había una carta escrita por Juárez de su puño y letra. El primero en leerla fue Carlos.  Allí, la mujer pide que no hagan nada para torcer su plan de quitarse la vida y llevarse consigo a su hijo. “No quiero que me resuciten, es mi decisión y quiero que se cumpla ya. Dejen que me vaya con Dios y ahí me encontraré con mi hijo. No lo dejo acá porque sé que va a sufrir”. En otro de los tramos de la misiva, recalca que es consciente de lo que hace. “Estoy en mis cabales –dice y refiriéndose a su hija, agrega-, tu hermano ya se durmió, espero que para siempre. Ocupate de todo”.

Gustavo Zanlungo, el psiquiatra forense que la examinó, sostuvo en el juicio que el hecho encuadra en lo que se denomina una ideación de “suicidio altruista”, que es aquel que se practica “para evitar el sufrimiento de otro”.  Y lo graficó así: es el ejemplo de la madre que se arroja al vacío con su bebé. Si fue así, Aarón llevó la peor parte, y después del crimen hubo algo que a María Eugenia le impidió concretar el resto del plan. “O falló el método”, reflexiona en voz alta Zanlungo.

Para el especialista, no hubo ni “amnesia”, ni “brote psicótico” y tampoco un cuadro clínico de esquizofrenia.  El dictamen del psiquiatra fue crucial para determinar que Juárez es una persona imputable. El diagnóstico al que Zanlungo arribó es el de “distimia”, que es un estado depresivo que puede prolongarse hasta veinte años, ejemplificó. En su opinión, esa afección no le impidió comprender lo que hacía ese trágico 6 de agosto de 2025, aunque es probable que haya estado disminuida la capacidad para dirigir sus acciones, especuló.

Cuando Zanlungo concluyó el pormenorizado cuadro clínico de la acusada, llegó el turno de las preguntas. Cuando le tocó al asesor letrado, el defensor en lugar de preguntarle algo más sobre la personalidad o los problemas de salud mental de su defendida soltó una frase que resume la impotencia y el desaliento que quedaron flotando a lo largo de todo el juicio. ”Dígame doctor, ¿qué hacemos con María Eugenia?”.

Once años para alguien que “ya estaba condenada”

Once años de prisión para María Eugenia Juárez fue el fallo al que arribaron por unanimidad los ocho jurados y los dos vocales técnicos que podían votar (el presidente Nicolás Rins sólo vota en caso de empate). La pena resultó sensiblemente inferior a la prisión perpetua que le hubiera correspondido si el tribunal no hubiera aceptado que en este caso la salud mental, la dramática historia de vida y los problemas de depresión crónica que venía arrastrando la acusada pesaron como “circunstancias extraodinarias de atenuación”.

En el encierro, Juárez tuvo un intento de suicidio. “Quiero irme con mi hijo”, les dijo a las guardiacárceles.

Eso no dejó conforme al padre de Aarón ni a los familiares que lo acompañaron todo el juicio. Uno de ellos había arribado al comienzo del juicio con una foto gigante del adolescente con una franja de escolta atravesándole el pecho. La Policía rápidamente le ordenó que diera vuelta la foto para que no pesara en el ánimo de los jurados populares.  Después de la lectura del veredicto, todos ellos se retiraron en silencio. El querellante aclaró que no haría declaraciones por orden de su cliente y sólo dejó en claro el desacuerdo con el fallo.

El abogado defensor le dijo a Otro Punto, lo mismo que le había dicho a los jurados en el alegato, que Juárez ya venía condenada y lo único que ellos iban a decidir es cómo iba a cumplir su condena.

-¿Por qué lo dijo?

-Porque repasando su historia de vida María Eugenia Juárez es una persona que estuvo y que está condenada –dijo Demaría-. Ella desde hace mucho tiempo viene intentando quitarse la vida, lo ha intentado ahora en el establecimiento penitenciario. Y también lo planteé para que se tenga cuidado por el futuro de María Eugenia. ¿Cómo reaccionó la acusada después de oir el veredicto? Se retiró sin un gesto. Ni de pesar, ni de alivio. Se limitó a ofrecer las manos entrelazadas para que la guardacárcel volviera a colocarle las esposas y se la llevara otra vez al encierro.

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