El fallo que provocó un tembladeral
Descabezados
La destitución de los fiscales Di Santo, Miralles y Pizarro genera desconcierto y estupor en los tribunales locales. Se trata de los funcionarios que habían imputado a miembros de la familia Macarrón. Se les achacó que no supieron seguir una pista “evidente”, la del parquetista Roberto Marcos Bárzola. Otro Punto, siguió minuto a minuto un proceso que desmantela a la Justicia riocuartense.
Director periodístico
Javier Di Santo se cuelga los anteojos en la frente como si no los precisara, su mirada hace largos minutos está abismada en otro lugar. El fiscal que inició una promisoria carrera judicial a los 28 como secretario, hoy a escasos años de la jubilación, olfatea el veredicto y asimila el golpe, en sus últimas palabras. Entonces, vuelve a calzarse los anteojos y amaga leer, pero la angustia no lo deja:
-A lo largo de 38 años en el Poder Judicial, no fui infalible, creo que ningún funcionario lo es. Pero sí puedo decir con absoluta tranquilidad de conciencia que jamás actué con un interés distinto al del cumplimiento de mi deber. Nunca actué con un sesgo por razones políticas, económicas, o de género. Jamás perseguí a nadie. Jamás protegí a nadie. Jamás desvié una investigación. Aguanté todas las críticas, fui agraviado de todas las formas y jamás salí a contestar.

Sabe que nada de lo que diga ahora modificará un fallo que parece escrito antes aún de que el jury lo sentara en el banquillo a él y a sus colegas, acusados de negligencia y mal desempeño de sus funciones.
Ya pasaron las diez de la noche en la Legislatura de Córdoba y, a esa altura, los cuerpos están estallados. Los de este lado de la valla cubierta con una tela negra, donde se apretujan los micrófonos, las cámaras y las libretas de apuntes que estuvieron apostados allí desde las ocho de la mañana del miércoles; pero sobre todo los de los que están del otro lado, donde se toman las decisiones, donde en minutos nomás se va a consumar la destitución de los tres hombres de saco y corbata que están en la mira del Jury: los (ex) fiscales Javier Di Santo, Daniel Miralles y Luis Pizarro.
Lo que falta es lo más importante, el veredicto, pero a esa altura de la noche es una formalidad. Todos los que están en el edificio iluminado con luces de colores chillones, lo saben.

Entonces sucede. El tribunal encabezado por Julieta Rinaldi, vuelve a la sala de juzgamiento y la mujer ataviada con un sobrio vestido blanco, suelta la frase que en los oídos de los acusados sonará como un estilete: “El tribunal resuelve destituir a…” dice, y tras unos segundos, vuelve a la carga pera ahora con otro nombre, “el tribunal resuelve destituir a…” y así hasta acabar con la carrera de los tres fiscales.
Azar y desagravio
La purga judicial que en minutos iba a desmantelar a los tribunales riocuartenses y lo dejaría sin tres investigadores a cargo de distintas fiscalías fue motorizada por los abogados de la familia Macarrón cuando otro de los fiscales, Javier Jávega halló azarosamente al dueño del adn que durante años estuvo sin poder identificarse en el lazo de la bata con el que fue ahorcada Nora Dalmasso.
Ese fue el pecado original de los tres hombres de saco y corbata. Ese, y también haber apuntado (e imputado) en sus investigaciones al entorno familiar de la víctima, se podría agregar. De qué otro modo puede explicarse que ninguno de los otros acusadores que pasaron por la causa –y que fueron legión, si se incluye en la lista no solo a los instructores sino a fiscales generales y de cámara- haya sido sentado en este proceso que no tiene antecedentes en la justicia cordobesa.

Minutos después del fallo condenatorio, el testimonio de Facundo Macarrón, una mezcla de desahogo y emoción, confirma que el proceso fue impulsado como una manera de lograr un desagravio hacia la familia, de parte de aquellos fiscales que pusieron al traumatólogo Marcelo Macarrón y a su hijo, bajo sospecha. “Esta es una reivindicación del infierno y la persecución que hemos sufrido como familia durante muchísimos años. El primer fiscal que instruyó la causa la consideró como “la mala víctima” con falsos amantes y desde ahí se desvió toda la investigación. Esperábamos un pedido de disculpas. Di Santo habló de su honestidad y de su apego a la ley, Miralles habló de que respetó todas las garantías , Pizarro ya no sé que dijo. Ninguno pidió disculpas. Cuesta mucho mirarse en el espejo y ver nuestros errores. Creo que a ellos les hubiese sido mucho más fácil pedir disculpas, reconocer sus errores y seguir adelante”, dijo el hijo de Nora, rodeado de micrófonos.
Lo obvio y lo casual
La caja de resonancia con alcance nacional que durante las últimas tres semanas fue la Legislatura, dejó algunas certezas, ninguna de las cuales logró conmover, el lapidario fallo. Aquí va la principal:
El origen de la acusación que pesó contra los fiscales partió del resultado que obtuvo otro fiscal, Javier Jávega, con la causa Dalmasso ya prescripta. Lo que quedó suficientemente claro en las afiebradas jornadas del Jury es que a Bárzola lo hisoparon sin la presencia de un abogado defensor, en calidad de ¿testigo?, y sin que hubiera una imputación o una línea investigativa que lo comprometiera. En otras palabras, para el flamante fiscal “estrella” de la justicia cordobesa, la sospecha contra el colocador de pisos NO ERA OBVIA, como tampoco lo fue para ninguno de los otros investigadores que tuvo la Causa Dalmasso. De otro modo, no se explica por qué le tomaron muestras a otra docena de personas, y por qué se pensaba extender la lista a ochenta hombres y mujeres que nada tenían en común con la línea de los operarios.
Arde la ciudad
El Jury que acaba de arrasar con los tribunales riocuartenses luce extemporáneo por razones diferentes. Por un lado, porque veinte años después del crimen que hoy sigue impune se juzgó a tres funcionarios a la luz de los resultados de una pesquisa reciente. Sin tener en cuenta lo que sucedía en un órgano judicial –el riocuartense- que en aquellos agitados meses luego del crimen de la Villa Golf estaba virtualmente intervenido desde los despachos de la capital cordobesa. En una ciudad que acababa de sufrir una pueblada que motivó la inmediata liberación de uno de los operarios sospechados –el masivo Perejilazo que eyectó de su cargo al entonces fiscal general Gustavo Vidal Lascano-. Y en una fiscalía, la de Di Santo que era bombardeada a diario por usinas de rumores, que se instalaban en muchos casos desde el vocero de Marcelo Macarrón, el abogado Daniel Lacase.
Las defensas de los fiscales, sobre todo el ex camarista Emilio Andruet, sostuvieron en sus alegatos que la prueba en la que se basó la acusación de la fiscal adjunta Bettina Croppi, -que no es otra cosa que el ADN positivo de Roberto Marcos Bárzola- podría desplomarse como un castillo de naipes si en un hipotético juicio el parquetista fuera declarado inocente. “¿Qué va pasar con el Jury si Bárzola es absuelto? ¿qué va a pasar con estos fiscales que fueron destituidos por hacer lo que tenían que hacer?”, se preguntó Andruet. Al caer la medianoche, la sala que durante todo el día estuvo atestada, quedó vacía, pero lo que pasó ahí la noche del miércoles tuvo réplicas, horas después, a 220 kilómetros de la Legislatura. Pasado el mediodía del jueves, un nutrido número de magistrados, funcionarios y empleados judiciales salió de sus despachos y expresó su descontento batiendo palmas y exhibiendo pancartas. Una de ellas, resumía la impotencia y la bronca que hoy se respira en los tribunales riocuartenses: “Cuando la Justicia se mezcla con la política, la verdad suele ser la primera víctima”.

