Estrés de fin de año

El último empujón

Llegar como se pueda. El estrés de fin de año no es solo emocional, también es económico. Entre rituales de cierre, mandatos culturales y bolsillos al límite, diciembre se convierte en un mes de agotamiento donde muchas familias intentan sostener celebraciones mientras hacen malabares para llegar a cerrar el año.

“Todavía no cobre y ya debo todo”, dice Mónica, madre de tres hijos, mientras repasa una y otra vez la eterna lista de gastos que se acumulan a fin de año. Faltan pocos días para las fiestas y el aguinaldo, cuando llega, ya tiene destino marcado: comida, regalos, cuentas atrasadas. “Es pensar todo el tiempo como llegar” resume. Como ella, miles de personas atraviesan diciembre con una sensación compartida; cerrar el año emocionalmente y gastar cuando no se puede.

Cada fin de año parece repetirse la misma escena. Las calles se inundan de personas cabizbajas, serias, apuradas, los calendarios se acortan y los días parecen transcurrir más rápido. Todo empieza a girar en torno a una idea: cerrar. Cerrar trabajos, materias, compromisos, emociones. En ese apuro, el aire se espesa, los cuerpos se agotan y la cabeza parece no dar abasto. Detrás del ruido, hay una sensación que muchos reconocen pero pocos nombran: el estrés invisible.

La psicóloga Lourdes Gianinetto (MP: 13.459), define el estrés como una experiencia física y subjetiva en la que sentimos que no tenemos los recursos suficientes para enfrentar lo que se nos presenta. No es solo cansancio: es una tensión que atraviesa el cuerpo y la mente, un desajuste entre lo que el entorno demanda y lo que realmente podemos dar. “Cuando hablamos del estrés de fin de año, hablamos de una sensación de agotamiento, de carga acumulada, en un momento donde aún quedan desafíos por delante” expresa. Fin de año, entonces, se vuelve un momento donde se condensan todas las emociones que no tuvieron lugar el resto del año.

Gianinetto define el estrés como una experiencia física y subjetiva en la que sentimos que no tenemos los recursos suficientes para enfrentar lo que se nos presenta.

A ese agotamiento emocional se le suma una variable clave; la económica .

“Estoy viviendo un año de muchos cambios, la economía está directamente conectada con lo emocional para mí. Si uno llega a cubrir los gastos está tranquilo; en cambio si no, está mal, triste. Entonces son dos cosas que tienen mucho que ver entre sí”. Cuenta Yamila, empleada administrativa. “Lamentablemente, en esta época tenés que endeudarte un poco, sacar en cuotas porque no alcanza” agrega. A su vez, Franco, empleado rural, explica que en su casa las fiestas ya no se piensan como celebración, sino como estrategia: cuánto comprar, qué pagar primero, qué pagar después. “Antes diciembre era un mes caro, ahora es directamente imposible. Vivís haciendo cuentas y aun así no llegas”, dice. La escena se repite en muchos hogares donde el fin de año se vive con una mezcla de angustia y cansancio. El último mes del año concentra gastos extraordinarios que no siempre encuentran respaldo en los ingresos. Fiestas, regalos, comidas, cierres escolares y compromisos sociales se acumulan en un contexto donde el dinero escasea. El estrés aparece cuando el cuerpo no alcanza, pero también cuando el salario no alcanza. La llamada “malaria económica” se vive en silencio, puertas adentro, como una preocupación constante que atraviesa cada decisión cotidiana.

“Es una etapa de concentración de tensiones emocionales y físicas”, señala la licenciada. Esa mezcla se traduce en síntomas: ansiedad, irritabilidad, tristeza, dificultades para dormir y problemas de concentración. El estrés de fin de año también es colectivo. Gianinetto, lo define como un fenómeno que puede contagiarse, replicarse en el entorno. “La ansiedad se contagia, el ritmo de los otros nos arrastra, y sentimos que también tenemos que llegar, responder, hacerlo bien”. En ese espejo social, la presión crece y la calma parece volverse un lujo. Las exigencias externas se mezclan con las internas, y terminamos corriendo detrás de un cierre que parece inalcanzable.

En relación a las fiestas de fin de año, Zapata señaló: “La celebración perdió parte de su carácter colectivo y se volvió más performática”.

Desde una mirada social, la Licenciada en Filosofía y Magíster en Ciencias Sociales María José Zapata aporta otra capa de lectura. “El fin de año no es solo una fecha, es un ritual de pasaje”, sostiene. Funciona como un umbral simbólico donde la sociedad entera se prepara para cerrar un ciclo y abrir otro. “El calendario occidental nos enseñó que el 31 de diciembre es ese punto donde todo debería terminar”, agrega. Esa necesidad de marcar finales y comienzos es parte de nuestra forma de darle sentido al tiempo.

Gianinetto, desde su perspectiva, coincide: “Vivimos en una sociedad que nos empuja a estar en permanente producción. Esa lógica se traduce en lo emocional. Sentimos que tenemos que cerrar el año bien, cumplir con todo, llegar a todo”. El sistema capitalista y su cultura de la productividad impregnan incluso los vínculos afectivos y las fiestas. Lo que debería ser un momento de encuentro se transforma, muchas veces, en una exigencia más. Las redes sociales refuerzan ese mandato mostrando una versión idealizada del fin de año: las reuniones perfectas, los balances felices, los logros alcanzados. La comparación, inevitable, amplifica la sensación de insuficiencia.

Sin embargo, no todos lo viven igual. Para los jóvenes, explica la psicóloga, el fin de año suele venir cargado de presiones académicas y de auto exigencia. “Llegar con las materias aprobadas, cerrar la carrera, cumplir con lo que se esperaba… muchas veces lo hacen en un estado de agotamiento emocional profundo”. En los adultos mayores, en cambio, la experiencia puede ser distinta: se priorizan los vínculos, el disfrute, el tiempo compartido. “Vienen de otra cultura, donde las fiestas tenían un valor más familiar, menos ligado a la productividad y más al encuentro”.

Zapata, observa que ese cambio generacional no es casual. “Durante décadas, las fiestas de fin de año funcionaron como un ritual comunitario, de unión y pertenencia. Hoy, en cambio, se viven de manera más individual, atravesadas por el consumo y la estética de la felicidad. La celebración perdió parte de su carácter colectivo y se volvió más performática”. Esa pérdida del sentido comunitario puede explicar, en parte, por qué el estrés se siente con tanta intensidad: porque ya no se trata solo de cerrar un año, sino también de sostener una imagen frente a los demás.

¿Qué hacer frente a ese cansancio? Gianinetto, propone algo que parece simple pero no lo es: “Ser conscientes de nuestras propias necesidades. Reconocer qué queremos y qué podemos hacer. No todo tiene que cerrarse. No todo debe resolverse antes del 31”. Invita a cuestionar la idea de cierre, a entender que el fin de año no es un punto final, sino un proceso más dentro del tiempo. “No es que el fin de año marca el fin de la vida. Los pendientes siempre van a existir. Lo importante es cómo los atravesamos”.

Zapata, complementa esa idea desde lo simbólico: “Los rituales de cierre son necesarios, pero también pueden transformarse. No se trata de eliminarlos, sino de adaptarlos a nuestra realidad emocional. Un brindis puede ser una forma de gratitud y no de exigencia. Un balance puede servir para mirar lo vivido, no para medirnos.” En esa posibilidad de reinventar los símbolos están la oportunidad de cerrar el fin de año con menos presión y más conciencia.

El estrés de fin de año, entonces, no es solo un fenómeno psicológico: es también una construcción cultural. Es el reflejo de cómo vivimos, de cómo entendemos el tiempo, de cómo medimos el valor de lo que hacemos. Tal vez por eso, cada fin de año nos cuesta un poco más. Porque si miramos atrás, vemos no solo lo que hicimos, sino también lo que no pudimos hacer. Y en ese balance emocional, a veces, se juega más de lo que creemos.

Fin de año, con su carga simbólica, emocional y económica, podría ser distinto si lo pensamos como un momento de pausa y no de cierre y presión. Si aprendemos a aceptar que los finales también pueden ser suaves, que no siempre hay que correr para llegar, que el tiempo no se mide en tareas cumplidas sino en cómo las transitamos. “Registrarnos, respirar, tomarlo con calma, vivir las fiestas como uno quiera”, dice la psicóloga. Quizás esa sea la verdadera manera de cerrar un año: no apurando los días, sino habitándolos.

En el fondo, el cansancio de fin de año no es solo estrés: es el reflejo de una cultura que tiene miedo a detenerse. Pero también es una oportunidad. Una pausa que nos invita a preguntarnos cómo queremos empezar lo que sigue. Tal vez, como sugiere Zapata, el ritual más necesario no sea brindar a medianoche, sino darnos permiso para descansar.

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