La lengua de señas en Río Cuarto
Las manos que llenaron el silencio
Mónica Esquenazi dedicó su vida a acompañar a la comunidad sorda. Fue de las primeras docentes en traer la lengua de señas a Río Cuarto, una herramienta que ayuda a garantizar derechos y cambiar prejuicios. El 19 de septiembre es el Día de las personas sordas y Otro Punto te invita a conocer su historia.
Fotos: Laura Scott

Un día, los jóvenes sordos que Mónica acompañaba subieron a un escenario para interpretar la “Oda a la alegría” junto a una orquesta. La música comenzó a sonar y ellos hicieron lo que habían ensayado: cantaron y movieron sus manos, traduciendo la canción a la lengua de señas.
Hasta que la pista falló.
La música dejó de sonar, pero ellos no tenían manera de saberlo. Siguieron cantando con sus voces disonantes, moviendo las manos al aire, como si la canción todavía estuviera ahí. Desde el escenario, sus voces quedaron expuestas en el silencio. Las señas siguieron el ritmo que ya nadie podía escuchar. Y, sin embargo, la canción continuó. Los músicos, los docentes y el público entendieron lo que estaba pasando. Miraban a los jóvenes seguir adelante sin saber que la música se había detenido. Sus voces imperfectas y sus manos en movimiento llenaron ese silencio de una manera inesperada. Nadie los interrumpió.
La escena conmovió a todos.
Lo que había comenzado como una falla técnica terminó convirtiéndose en algo mucho más grande: por unos minutos, todos escucharon la “Oda de la alegría”, solo que de otra manera.

El camino se inició hace más de treinta años, en una escuela de Río Cuarto, cuando un grupo de docentes decidió desafiar una certeza que durante décadas había marcado la educación de las personas sordas: creer que la única forma posible de comunicarse era a través de la palabra y la lectura de labios.
Mónica Esquenazi tiene 58 años y lleva una vida dedicándose a que las personas sordas puedan comunicarse. Estudió en el Colegio Normal de Río Cuarto, y a la hora de elegir una carrera para seguir, siempre supo que su vocación estaba cerca de los niños. Pero no sabía para donde ir. Pensó en Educación Inicial, aunque no le convencía. Un día le mostraron el Centro de Atención para Discapacitados Auditivos (C.A.D.A) y no se quiso ir más. Hizo el profesorado para personas sordas en el Instituto Superior Ramón Menendez Pidal, y varios cursos de lengua de señas en la ciudad de Córdoba.
La historia de la lengua de señas en Río Cuarto no comenzó con una ley, con intérpretes en actos públicos ni con cursos abiertos a la comunidad. Empezó mucho antes, entre las aulas de la escuela de sordos de la ciudad, cuando un grupo de docentes decidió cuestionar una idea que durante años había sido considerada incuestionable. Hace más de tres décadas, la educación de los estudiantes sordos estaba atravesada por el oralismo. El objetivo era que todos aprendieran a hablar, leer los labios y comunicarse exclusivamente a través de la lengua oral. La lengua de señas, simplemente, no tenía lugar. “Cuando empecé a trabajar en el C.A.D.A, hace unos 36 años, la escuela era una institución de origen oralista. Se trabajaba el uso de la voz, de la palabra y la lectura labial. Todos los estudiantes sordos debían llegar a ser orales y no se utilizaba la lengua de señas”, recuerda Mónica.
Pese al esfuerzo de los docentes y de las familias, había estudiantes que no conseguían desarrollar la oralidad. La pregunta comenzó a repetirse entre un pequeño grupo de profesoras: ¿qué estaba pasando con esos chicos que no lograban acceder a esa forma de comunicación? “No era por falta de esfuerzo. No podían por vibración, no podían por audición y tampoco por imitación”, explica.

Esa inquietud marcó el inicio de un cambio profundo. Mientras todavía cursaba el profesorado, Mónica y otras compañeras comenzaron a viajar a Córdoba para capacitarse con organizaciones integradas por personas sordas. Allí descubrieron una realidad completamente distinta: la lengua de señas no era un recurso complementario, sino la lengua natural de una comunidad con identidad, cultura y formas propias de comunicarse. “Los cursos los daban personas sordas. Ellos nos enseñaban su lengua y nosotros empezamos a descubrir un mundo completamente distinto”. Mónica habla apasionada de su historia, la historia de sus alumnos y sus compañeras. Con las manos, inconscientemente, hace señas y gestos. Su rostro acompaña cada palabra.
La formación pronto se trasladó a la escuela. En una población cercana a los cien estudiantes, las docentes comenzaron a incorporar la lengua de señas como una herramienta de enseñanza y comunicación para quienes no podían acceder a la lengua oral. La decisión también implicó otra convicción que todavía hoy sostiene. Quienes mejor pueden enseñar esa lengua son las propias personas sordas. “Empezamos a traer personas sordas para que les enseñaran lengua de señas a nuestros estudiantes. Como oyentes podemos equivocarnos, olvidar señas y además la lengua cambia constantemente. En cambio, la persona sorda la vive todos los días”.

Lejos de abandonar la oralidad, la escuela comenzó a trabajar con ambas lenguas de manera complementaria. Algunos estudiantes desarrollaban el habla y otros no, por lo que la propuesta pasó a centrarse en ofrecer distintas formas de acceso a la comunicación, respetando las posibilidades de cada uno. Mientras ese cambio transformaba la vida dentro de la institución, afuera la realidad todavía era muy distinta. La inclusión casi no formaba parte del debate público y el desconocimiento generaba situaciones que hoy resultan difíciles de imaginar.
Algunas veces, Mónica llevaba a sus alumnos a distintos lugares para empezar a experimentar en el mundo real, pero era complicado. Recuerda, aun sorprendida, que sentía que, cuando iba caminando de la mano con estos pequeños de cinco años, la gente se alejaba como si contagiaran algo. “Entrábamos a un supermercado con los chicos y la gente daba un paso para atrás cuando nos veía.” Con el tiempo comprendió que aquella reacción muchas veces nacía del miedo a no saber cómo comunicarse. “La primera pregunta siempre era: ‘¿Cómo le hablo?’. Y yo respondía siempre lo mismo: hablale”.
Para Mónica, ese sigue siendo uno de los principales desafíos. La verdadera inclusión no consiste en reemplazar una lengua por otra, sino en reconocer que ambas tienen el mismo valor y garantizar que cada persona pueda comunicarse de la manera que le resulte más accesible. “Sería utópico que todos habláramos lengua de señas, pero es necesario que en cada lugar puedan comunicarse”. Esa mirada también implica modificar el lenguaje con el que históricamente se nombró a la comunidad sorda. “La terminología correcta es lengua de señas, no lenguaje de señas. Es una lengua, igual que la inglesa o la francesa. Y tampoco hablamos de sordomudos. Hablamos de personas sordas”.
Sin saberlo, aquel pequeño grupo de docentes había iniciado una transformación que, con los años, dejaría de limitarse a las aulas para convertirse en un movimiento que cambiaría la manera en que Río Cuarto entendía la inclusión. La incorporación de la lengua de señas produjo un cambio inmediato dentro de la escuela. Los estudiantes se apropiaron rápidamente de un idioma que les permitía comunicarse con naturalidad, pero las docentes entendían que la verdadera inclusión no podía terminar en la puerta del establecimiento. El desafío era que la sociedad también aprendiera a convivir con esa realidad.
En aquellos años, hablar de inclusión todavía era poco frecuente. Persistían los prejuicios y el desconocimiento sobre las posibilidades de las personas sordas. “La sociedad no era inclusiva como hoy. Había muchísimo desconocimiento. Nosotros queríamos que la gente entendiera que una persona sorda podía aprender, estudiar, trabajar y participar igual que cualquiera”.
Con ese objetivo nació uno de los primeros proyectos junto a la Escuela Santa Eufrasia. Cada semana, un grupo de estudiantes sordos compartía actividades con alumnos oyentes en materias como música, plástica y educación física. La propuesta iba mucho más allá del aprendizaje escolar, porque buscaba generar vínculos entre chicos que, hasta ese momento, casi nunca habían compartido un mismo espacio. “Compartían las clases, jugaban, hacían actividades juntos y naturalmente empezaban a comunicarse.” Esa era la verdadera inclusión.
Al finalizar aquella experiencia decidieron preparar una canción en lengua de señas para el acto de cierre del año. Eligieron Más allá, de Gloria Estefan. Lo que iba a ser una simple presentación escolar terminó convirtiéndose en el punto de partida de una historia mucho mayor. La actuación se realizó en el acto de fin de curso que reunía a cientos de personas en las canchas de Atenas. Sobre el escenario convivían estudiantes sordos y oyentes interpretando juntos una misma canción, mientras el público descubría una forma distinta de vivir la música.

Entre los espectadores se encontraba Jorge Lhez, entonces director de la Orquesta Municipal. Apenas terminó la presentación se acercó con una propuesta que cambiaría el rumbo del proyecto. “Me dijo: ‘Esto no puede quedar acá. Tenemos que hacer algo más, la gente tiene que ver esto'”.
Así comenzaron los ensayos con el Coro Municipal. Cada canción implicaba un trabajo minucioso. No se trataba de traducir la letra palabra por palabra, sino de reconstruir su sentido junto a profesores sordos, respetando la estructura propia de la lengua de señas. A partir del año 2000, el proyecto dejó de pertenecer exclusivamente a la escuela y comenzó a recorrer la ciudad. Los estudiantes participaron en actos oficiales, encuentros culturales y distintos eventos públicos, siempre acompañados por músicos y coros integrados por personas oyentes. “Ya no era solamente un trabajo escolar. Era un grupo de estudiantes sordos interpretando canciones acompañado por personas oyentes que cantaban con su voz”.
Con cada presentación ocurría algo más importante que el espectáculo. El público descubría que las personas sordas también podían sentir la música, emocionarse con una poesía y compartir un escenario con cualquier artista. Era cambiar la mirada, era creerlos y mostrarlos como las personas que son: capaces de todo. “No era solamente cantar una canción. Era mostrar que las personas sordas podían vivir la música de otra manera, sentirla a través de las vibraciones, interpretar su significado y compartir un escenario con cualquier otro artista”.
Después de cada ensayo o presentación, los jóvenes seguían compartiendo tiempo juntos, conversaban, salían a comer, compartían un helado como cualquier grupo de amigos y compañeros. “Entendimos que el problema nunca había sido de los chicos. El problema era de los adultos, del desconocimiento y de las barreras que nosotros mismos habíamos construido”, dice Mónica.
Aquellos encuentros terminaron dando origen a Expresarte, un proyecto artístico que reunió durante años a estudiantes sordos y oyentes sobre un mismo escenario: la inclusión no consistía en integrar a las personas sordas a un mundo pensado por oyentes, sino en construir espacios donde todos pudieran participar en igualdad de condiciones. Detrás de cada presentación había horas de ensayo y docentes que trabajaban fuera del horario. Mónica iba incansable de aquí para allá, porque todas las experiencias eran posibilidades de mostrar, pero también era madre. Además de coordinar su grupo, tenía que ver quien cuidaba de sus hijos, organizar el hogar. Nunca jamás se arrepintió.
“Siempre hablo en plural porque nunca fue un trabajo mío solamente. Yo podía ser la que salía a la calle con los chicos, pero detrás estaban mis compañeras sosteniendo todo”. Entre ellas estaba Claudia Guerrero, quien trabajaba la expresión corporal mientras Mónica coordinaba la interpretación en lengua de señas. Incluso habían logrado acondicionar un aula con una tarima de madera y cámara de aire para que los estudiantes pudieran percibir las vibraciones de la música a través del cuerpo. “Primero sentían el ritmo y después construíamos la interpretación”.

Mónica pone sobre la mesa una carpeta titulada “Taller de Lengua de Señas”. Dentro tiene muchas de las canciones que interpretaban en las distintas presentaciones. Una llama particularmente la atención. Tiene la letra escrita, y al lado dibujos hechos a mano. Esto es para explicarles el significado de cada expresión a los chicos.
Aquella experiencia dio origen a Mágicas Virtudes, un encuentro que reunió en el Teatro Municipal a coros de toda la ciudad junto al grupo de estudiantes sordos. Lo que comenzó como una propuesta artística pronto desbordó todas las expectativas. “El teatro se llenaba. Ya no entraba más gente. Venían los familiares, integrantes de los coros y personas que simplemente querían ver de qué se trataba”. Cada nueva presentación abría otra puerta. Los estudiantes compartieron escenario con artistas locales, participaron en actos oficiales y comenzaron a ser invitados a espectáculos cada vez más importantes. No iban como un número artístico más: iban a mostrar que la música también podía sentirse sin escucharla. “Las personas sordas podían vivir la música de otra manera, sentir las vibraciones, interpretar una poesía y compartir un escenario con cualquier otro artista”.
Otro recuerdo permanece intacto. Un joven cantante que recién daba sus primeros pasos compartió escenario con el grupo durante la interpretación “Sueño dorado”. Se llamaba Abel Pintos. Tenía el pelo largo y ruludo, cuenta Mónica. “Yo no sabía quién era. Me hacía señas desde el escenario para decirme que todo iba bien y pensaba: ‘Me enamoré de Abel Pintos'”, recuerda entre risas.
Las invitaciones continuaron durante varios años. Expresarte pasó por festivales, actos oficiales y espectáculos culturales, convirtiéndose en una referencia de la inclusión en Río Cuarto. Sin embargo, el crecimiento del proyecto coincidió con un cambio en la vida personal de Mónica. En 2006 nació su tercera hija y el ritmo de ensayos, viajes y presentaciones dejó de ser compatible con la vida familiar. “Llegó un momento en que tuve que elegir, y ya no podía con todo”.
Expresarte dejó de funcionar como grupo, pero el camino que había abierto ya era imposible de desandar. La ciudad había descubierto otra manera de mirar a la comunidad sorda y la lengua de señas había dejado de estar confinada a una escuela para convertirse en una herramienta de participación, cultura y encuentro. “Nosotros no salíamos solamente a hacer un espectáculo. Salíamos a demostrar que las personas sordas podían emocionar al público como cualquier otro artista. Eso era lo importante”. Un día, una de sus alumnas después de cantar le dijo “Moni, por fin la gente va a entender que somos inteligentes”. La frase la conmueve hasta el día de hoy. Cuando por la cabeza se le pasaban el cansancio, el pensamiento de sentir que capaz no valía la pena, de que no ganaban nada viendo a la gente llorar, recordaba estas palabras. Si al menos una de las personas que los veían, podía ampliar su mirada, ver que tenían en frente a gente capaz e inteligente, lo valía todo. Y esa certeza tomó el timón de su vida.
Ese legado marcaría el comienzo de una nueva etapa. Después de transformar los escenarios, el desafío sería llevar la accesibilidad a los espacios donde más hacía falta: la Justicia, los hospitales, las oficinas públicas y la vida cotidiana de cientos de personas sordas. Cuando Expresarte cerró una etapa, el trabajo de Mónica con la comunidad sorda no terminó. Cambió de escenario. Después de años de subir a los estudiantes a los escenarios, comenzó a acompañarlos en otros espacios donde la comunicación seguía siendo una barrera: tribunales, hospitales, concursos laborales, oficinas públicas y distintas instituciones que necesitaban un intérprete.
Durante mucho tiempo desempeñó esa tarea incluso antes de que el cargo existiera formalmente. La escuela la autorizaba a salir cada vez que una persona sorda necesitaba acceder a un derecho que, sin un intérprete, resultaba prácticamente imposible de ejercer. “Siempre tratamos de suplir donde faltaba un intérprete. Donde nos llamaban o sabíamos que hacía falta, ahí íbamos.”
Muchas de esas experiencias quedaron grabadas para siempre. Una de las que más recuerda ocurrió en Tribunales, cuando debió asistir a un hombre sordo de alrededor de sesenta años. El expediente indicaba que se comunicaba mediante lengua de señas y lectura labial. Pero, al conocerlo, descubrió una realidad completamente diferente.
El hombre nunca había ido a la escuela. No sabía leer ni escribir y tampoco utilizaba lengua de señas. Durante toda su vida había construido un sistema propio de gestos para comunicarse con su familia. “Primero no usamos lengua de señas. Primero buscamos la manera de entendernos”. La comunicación comenzó a surgir a partir de objetos cotidianos, recuerdos del campo y referencias compartidas. Se entendieron señalando cosas para identificar colores, nombres, fechas. Recién cuando lograron comprenderse mutuamente pudieron explicar el motivo de aquella audiencia judicial. “Ahí entendí que una cosa es aprender lengua de señas y otra muy distinta es comprender el mundo de una persona sorda”.
Historias como esa le confirmaron que la accesibilidad no depende solamente de conocer un idioma, sino también de comprender la realidad de quien está del otro lado. Con los años también fue convocada para interpretar concursos laborales, capacitaciones y exámenes. Recuerda especialmente el caso de un joven que había desaprobado dos veces el curso de Manipulación de Alimentos. No era porque desconociera los contenidos, sino porque las consignas estaban redactadas en una estructura lingüística que le resultaba inaccesible. Cuando finalmente contó con una intérprete, aprobó con una de las mejores calificaciones. “El conocimiento lo tenía. Lo que necesitaba era acceder a la consigna en su propia lengua”.

Para Mónica, ese ejemplo resume uno de los principales desafíos que todavía enfrenta la comunidad sorda. Las leyes existen, pero muchas veces la accesibilidad continúa dependiendo de la buena voluntad de quienes ocupan determinados lugares. “No se trata de dar una mano de vez en cuando. Se trata de garantizar un derecho”, dice.
Esa convicción también la impulsó a organizar cursos de lengua de señas abiertos a la comunidad junto a otras intérpretes y personas sordas. Docentes, médicos, abogados, comerciantes, enfermeros y empleados de distintas instituciones comenzaron a acercarse para aprender una herramienta que, más allá del vocabulario, buscaba derribar el miedo a comunicarse. “En ocho encuentros nadie aprende lengua de señas. Lo que sí puede aprender es cómo acercarse a una persona sorda y perder el miedo”.
Después de más de tres décadas de trabajo, Mónica asegura que fueron sus propios estudiantes quienes terminaron transformando su manera de entender la discapacidad. “Yo aprendí muchísimo más de ellos que ellos de mí.”
Esa certeza volvió a aparecer ahora cuando vio la película Sorda. Sintió, aunque fuera por unos minutos, lo que significa vivir en un mundo construido para quienes oyen. “Yo puedo entender a un sordo, pero nunca pude ponerme en su piel realmente”, cuenta. La experiencia le recordó otra situación personal: una fractura en ambos tobillos que la obligó a desplazarse durante meses en silla de ruedas y le permitió descubrir barreras urbanas que antes nunca había advertido. Pocas rampas, veredas rotas, carteles en el medio de la vereda que impiden el paso. Desde entonces sostiene que la inclusión empieza mucho antes que una ley. Empieza cuando una sociedad es capaz de ponerse, aunque sea por un instante, en el lugar del otro.
Por eso, cuando mira atrás, no habla primero de los escenarios compartidos con Jairo, Abel Pintos, Patricia Sosa o los coros de la ciudad. Tampoco de los reconocimientos ni de los proyectos que marcaron su trayectoria. Lo primero que recuerda son las personas. “Siempre digo que tuve la suerte de encontrarme con estudiantes extraordinarios, con familias que confiaron, con compañeros de trabajo que acompañaron y con personas sordas que me enseñaron muchísimo más de lo que yo pude enseñarles”.
Hubo una canción que, con los años, adquirió un significado especial para ella. Era “Honrar la vida”. La habían ensayado tantas veces como tantas otras, pero un día, mientras preparaban la interpretación, uno de sus alumnos la sorprendió con una pregunta.
-¿Honrar la vida sería lo que nosotros hacemos?
-Sí -le respondió-. ¡Es justamente eso!
Porque la lengua de señas nunca fue solamente un idioma. Fue la puerta de entrada a la educación, a la salud, a la justicia, al trabajo y, sobre todo, al derecho de ser escuchado. Pero también fue la posibilidad de que cientos de personas empezaran a mirar a la comunidad sorda de otra manera.
Hoy Mónica ya no dirige aquel grupo que recorrió escenarios de toda la provincia. Acompaña a dos niñas sordas en sus primeros pasos, como hace más de tres décadas decidió acompañar a tantos otros. Nunca dudó de que quería trabajar con chicos; lo único que no sabía era desde qué lugar lo haría. Hubo meses en los que trabajó sin cobrar, simplemente porque no concebía abandonar un camino que sentía propio.
Entre risas admite que no sabe qué hacer con el tiempo libre. Habla con las manos incluso cuando no hace falta. Y todavía se emociona hasta las lágrimas al recordar una actuación, un abrazo o el logro de alguno de sus alumnos. “Si pudimos lograr que una persona deje de pensar que los sordos no pueden, y vea que sí, que son inteligentes, que pueden muchísimo… me quedo con eso. Con cambiar la mirada”. Quizás ese haya sido siempre el verdadero idioma que Mónica enseñó. No el de las manos, sino el de una sociedad que, lentamente, aprendió a escuchar con el corazón.


