Juicio por la muerte de Marcos Aguilar

Licencia para matar

A Luis Alberto Mancinelli no le quedó ninguna norma vial sin violar. La noche del 13 de enero de 2023 salió a toda velocidad en su moto, sin casco, alcoholizado y sin carnet de conducir. Cruzó un semáforo en rojo y embistió a otro motociclista que, horas después perdió la vida. Lo reconoció en su declaración en la Justicia. Por su conducta desaprensiva podría ir a la cárcel.

Director Periodístico

Los anteojos de sol negros con marco cuadrado y la gorra con visera le sirven de camuflaje, en el segundo piso de Tribunales. Frente a la barandilla de la Cámara Segunda del Crimen, Luis Alberto Mancinelli (38) consume los últimos minutos de espera, escoltado por su abogado, antes de empezar a rendir cuentas por la muerte de Marcos Aguilar, un joven de 18 años al que atropelló en estado de ebriedad, tras cruzar un semáforo rojo.

En el pasillo luminoso y desolado, se recortan las dos siluetas desiguales: la del hombre bajito de anteojos y gorra, y la del hombre longilíneo con traje marrón y corbata. Para hablarle a su defensor, levanta la cabeza y deja al desnudo unos labios de mujer y un ramo de flores que lleva tatuados en el cuello. “Quedate acá, que abajo está lleno de gente”, le recomiendan. Y él hace caso.

Un piso más abajo está la sala de juzgamiento y a esa hora, a las once de una mañana encapotada de comienzos de junio, un mundo de gente murmura en el hall. Hay adolescentes arracimados, y mujeres que se consuelan unas a otras. Son familiares, amigos y excompañeros de secundario de Marcos Aguilar, el muchacho que hacía pocos días había hecho su viaje de egresados y que alcanzó a inscribirse en la carrera de Veterinaria en la Universidad, cuando en el camino se le cruzó la marcha de un motociclista lanzado a toda velocidad. Ellos también esperan que arranque la hora en que el hombre de anteojos y gorra, responda por la muerte que provocó la noche del 13 de enero de 2023, en Pedro Goyena y Liniers.

En esa esquina de barrio Alberdi, funciona un semáforo que ordena el tránsito y evita accidentes. Eso, la mayoría de las veces. Pero esa noche, no sucedió así. La luz roja no logró detener la carrera enloquecida del albañil de 38 años que, diez minutos antes de la medianoche del 13 de enero de 2023, cruzó a toda velocidad, sin luces, y sin casco, camino a la tragedia.

Ni el metro sesenta que lo separa del suelo ni la contextura delgada se corresponden con una apariencia amenazante. Pero esa es una falsa impresión: en plena noche, encaramado a una moto Keller de 110 cilindradas, y con tres litros de cerveza circulando por sus venas, Mancinelli es una bomba de tiempo, a punto de estallar. Y estalla.

La acusación que formuló Javier Di Santo, en una de las últimas causas como fiscal, indica que manejaba la moto en forma “imprudente y temeraria” por calle Pedro Goyena y al llegar a la esquina con Liniers siguió su marcha a toda velocidad sin reparar en la luz roja. Con la parte frontal de su vehículo embistió la parte trasera de la moto Yamaha 125 cross que conducía Marcos Aguilar, de 18 años quien, horas después, falleció en el Instituto Médico.

El análisis de alcohol en sangre fue concluyente. Le hallaron un nivel de 1.84, que equivale a un estado de “ebriedad grave”. Por eso el fiscal lo acusó del delito de homicidio culposo –que es el que se aplica en los accidentes viales- pero agravado por el estado de intoxicación, el exceso de velocidad y la conducción temeraria.

Eso eleva la pena de tres a seis años de prisión, si el juez lo declara culpable.

Los testigos que desfilaron el martes por tribunales aseguraron que la primera impresión fue que Mancinelli llevó la peor parte. Describieron que el piloto que provocó el choque se desvaneció en el piso, que no llevaba casco y que tenía una herida visible en el cráneo. En cambio, el joven que fue impactado tenía correctamente colocado el casco, estaba consciente y desde el rincón de la vereda donde fue arrojado sólo atinaba a pedir la presencia de sus padres. Según los testimonios recogidos en la Justicia, cuando la ambulancia llegó al lugar sólo llevó a Mancinelli, y Aguilar debió esperar que llegaran sus padres y lo llevaran a recibir atención médica. ¿Le puede caber alguna responsabilidad al servicio de emergencia? Nadie lo insinuó en la jornada inicial de juicio y no es un hecho que se esté dirimiendo en el proceso que seguirá el 17 de junio.

-¡Hasta esa suerte, tuviste! –Fue el grito destemplado que una voz masculina dirigió desde el público, hacia al banquillo de los acusados.  Rápidamente, el juez le advirtió con firmeza que si volvía a interferir en la marcha del juicio sería desalojado de la sala.

El insólito descargo

Otro Punto indagó los entretelones del juicio que arrancó esta semana y corroboró que hasta último momento se especuló con que esta causa se resolviera en un proceso abreviado. Para eso el acusado debía reconocer su responsabilidad en la muerte de Marcos Aguilar y, acto seguido, la defensa asumida por Eduardo Massa y la fiscal de Cámara María del Rosario Fernández debían acordar una pena.

Finalmente, no hubo acuerdo. Acaso esperanzado en evitar una condena de prisión efectiva, Mancinelli decidió ir al banquillo y aceptó declarar frente al juez en un juicio ordinario. Sus palabras, pronunciadas sin meditar y a borbotones, no lo favorecieron: prácticamente fueron una aceptación lisa y llana de culpabilidad.

“Lo primero que quiero hacer es pedir perdón. Perdón a los padres y a todos”, arrancó con voz apenas audible. “Yo no salí a matar, salí a divertirme y, sin querer queriendo (sic) choqué, pero no salí con la intención de matar”, continuó el acusado, y esas palabras –incluída la frase poco feliz, entre el fallido y la confesión- provocó los sollozos de los que acompañaban a la familia Aguilar.

Mancinelli está radicado ahora en Santa Rosa de Calamuchita. Soltero y sin hijos, se gana la vida como peón de albañil. La noche del choque, venía de cobrar tres días de trabajo y estuvo más de tres horas bebiendo cerveza en un kiosko, antes de decidir salir a dar una vuelta en su moto.

-¿Cuántas cervezas tomó? –Quiso saber la fiscal de Cámara.

-Dos o tres…

-¿Dos o tres latas?

-No, dos o tres litros. –Admitió el acusado, sin cambiar el tono bajo de voz.

Con esa misma actitud indolente, reconoció que prácticamente no dejó ninguna regla de tránsito sin violar. Iba sin casco, a alta velocidad, en una motocicleta sin patente, cruzó el semáforo con luz roja y no tenía licencia de conducir. La explicación que ensayó para justificar esta última falta, sólo incrementó la impotencia del auditorio.

-Rendí tres veces y las tres veces me fue mal. –Dijo.

Sin consuelo

Si el dolor tuviera rostro humano, bien podría ser el de Cristian Aguilar o el de Marilina Migliori, los padres de Marcos. Cristian se apostó detrás de la fiscal y de la abogada querellante Marcela Santini para así tener de frente al acusado. “Creemos que con todas las pruebas que hay sería una ironía que no quede preso. Marcos no vuelve más, pero seguramente puede servir para otro futuro caso”, dijo a los medios, minutos antes de que inicie el juicio.

Marilina fue la primera en declarar y dejó en claro que el mayor de sus tres hijos era la antítesis del hombre sentando en el banquillo. “Era muy querido por todos y muy correcto. Le regalamos la moto para los 18 años, pero estuvo guardada en el taller de su padre hasta que sacó el carné de conducir”, confió.

Esa noche tenía dos amigas parando en su casa y se habían organizado para una juntada en la casa de otro amigo. “Aunque ya era mayor de edad, me avisaba siempre antes de usar la moto. Esa noche llevó primero a una de las chicas, cada uno con su casco, y cuando volvía a buscar a la otra amiga se le cruzó esa moto”, contó.

Cuando llegaron al lugar del choque, encontraron a su hijo tendido en el suelo. “No se podía levantar, me agarraba la mano quejándose de dolor. No sé qué pasó, mami, me dijo. Me agarró fuerte la mano, y me dijo: Mami, te amo. Esas fueron sus últimas palabras”. El testimonio de Migliori terminó entre llantos, y todos los que estaban en la sala quedaron con un nudo en la garganta. Antes de levantarse y ocupar un lugar en la sala, junto a su esposo, la mujer tomó una foto color de su hijo y la exhibió en dirección del acusado: “¡miralo bien, éste era mi hijo!”.

Compartir

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio