La que dirige la batuta

Rita Bocanegra dirige la Banda Militar de Música “Brigadier Mayor Juan San Martín” del Área Material Río Cuarto. Nació en Santiago del Estero, y su familia se mudó a Mina Clavero cuando ella tenía 7 años. Es profesora de música, pero nunca ejerció la docencia. Como un giro inesperado del destino, pasó al frente y se convirtió en la primera mujer en asumir la dirección de una banda militar en el país. Entre trompetas y marchas, y en un ambiente históricamente masculino, ella se hizo camino.

Es mitad de semana y el cielo gris amenaza con convertirse en llovizna. El invierno asoma cada vez más cerca y los riocuartenses enfrentan la jornada como pueden. Algunos se resguardan bajo camperas abrigadas; otros, aferrados a una obstinada sensación de otoño, caminan en remera. La escena se repite en las calles de El Imperio: una ciudad que transita los días fríos con la misma naturalidad con la que conviven todas sus contradicciones.

La veo venir de lejos. Tiene el cabello negro recogido en un rodete bien apretado. En el ámbito militar, las mujeres deben llevarlo así; con el tiempo, también lo adoptó en su vida cotidiana. Asegura que ya se acostumbró a ese remolino de pelo prolijamente sujeto. Un leve brillo en los labios ilumina un gesto calmo. La sonrisa surge sin imponerse y la mirada, firme pero cercana, termina de construir la escena.

Pide una lágrima doble y comienza a hablar. Sin prisa, pero sin calma. Su acento natal casi no aparece, aunque a veces se le escapa alguna expresión que la devuelve a su tierra. Tiene un discurso que atrapa; quizá por la forma en que cuenta cómo fue construyendo su camino lejos de lo que se esperaba de ella. “Yo soy profesora de música, estudié en el Conservatorio de Córdoba. Me recibí de docente, pero no estaba convencida de dar clases. Mi mamá es docente, mis hermanas también; la docencia estaba latente en la familia, pero descubrí que no era lo mismo. A través del papá de una amiga me llega la convocatoria, fui a probar y salió bien”, dice, intentando resumir su propia vida.

“La convocatoria fue en 2005, cuando hubo un llamado para la incorporación de personal a la Fuerza Aérea. Nos presentamos cinco, rendimos concurso y quedamos tres. Y la única mujer en la Fuerza Aérea fui yo. Hice una formación en el Instituto de Ezeiza durante seis meses: aprendí leyes, normativas, cadenas de mando y jerarquías, todo lo que implica la vida militar”, recuerda.

Con el tiempo, entiende que ese ingreso no fue solo personal. “En 2005 empecé a formar parte de la historia, porque no había directoras de banda mujeres. Fui la primera que incorporaron”, dice sin hacer alarde.

Armando el repertorio

Mientras habla, a veces baja la mirada y observa la lágrima enfriarse lentamente. Toma la cuchara, revuelve sin apurarse, pero el relato no se detiene. Es una historia que pide ser contada. Empezó dirigiendo una banda en Buenos Aires. Años después llegó a Córdoba capital, con la banda de la Escuela de Aviación, donde permaneció diez años. Luego pasó por la escuela de suboficiales y, finalmente, en 2022, se instaló en estas latitudes, en el Área Material Río Cuarto. “Mi banda hace todo tipo de repertorio”, dice, mientras le brillan los ojos.

Hoy dirige a 29 músicos, entre hombres y mujeres, distribuidos entre trombones, tubas, saxos y trompetas. En el centro de ese ensamble, la batuta es su herramienta y también su forma de ordenar el sonido.

Rita explica que la tarea de la banda combina lo ceremonial con lo musical. “Hacemos actividades militares y protocolares: izado de bandera, marchas, himnos. También distintos repertorios y realmente trabajamos en equipo”.

No trabaja sola. Hay arregladores, adaptaciones, decisiones compartidas. La música, en su caso, no se impone: se construye.

Viste de negro, como si buscara pasar desapercibida. Un pañuelo en tonos ocres rodea su cuello y le da calidez al rostro. Los aros de perla acompañan con un brillo sutil su andar sereno. Toma la taza con una mano y bebe la lágrima. Sin pausa, retoma el hilo de lo que le apasiona.

Tierra de hombres

Sobre el ambiente militar, no esquiva la respuesta. “Hace muchos años sí era machista, pero se convivía. Entré con 23 años. Hay que decir que siempre hubo mujeres, pero eran personal militar subalterno”.

Con el tiempo, dice, las estructuras empezaron a abrirse. “En 2001 se habilita el ingreso para las oficiales mujeres y ahí cambia el escenario. Ahora, en diferentes especialidades, hay suboficiales principales, suboficiales mayores, pero ya con jerarquías altas y también comodoros del cuerpo profesional”.

Aun así, insiste en una idea que atraviesa su forma de ser y de trabajar: la jerarquía no lo explica todo. “Aunque hay una estructura piramidal, me gusta trabajar en equipo. Uno no puede tratar solo por la jerarquía, sino también tener en cuenta el conocimiento que tiene la persona. Podes tener jerarquía de cabo, pero en conocimiento, tener una preparación mejor que la mía”, asegura.

Mujer al frente

La mayor Rita Bocanegra cuenta que el repertorio de su banda es amplio: se pueden mover al ritmo del cuarteto, del rock, del folclore y de la música melódica, un abanico que, según dice, refleja la versatilidad del trabajo colectivo. A lo largo del tiempo han compartido escenario con el “Toro” Quevedo, Eze Pedraza, Miguel “Conejito” Alejandro, entre otros, experiencias que la entusiasman y que confirman ese vínculo directo entre la música y la gente. Cuando habla de su tarea, su cuerpo acompaña las palabras. Explica que la batuta marca entradas, cortes y matices, pero ella no se limita a un gesto técnico: se mueve, habla, respira la música junto a sus músicos.

“Soy muy expresiva, me cuesta quedarme quieta cuando estoy al frente”, admite con naturalidad, como si en esa forma de dirigir también se jugara algo de su manera de estar en el mundo. En la práctica, su conducción se aleja de lo rígido y cada movimiento funciona como una señal compartida con “sus músicos”, como los llama con cariño, dejando apreciar un vínculo afectivo.  

Mientras habla de la banda, comenta qué es lo que los caracteriza y qué los hace diferentes. “Nuestro fuerte es el baritonal, todo lo que son instrumentos de bronce. Los arreglos que buscamos, tienen que tener fuerza, impacto sonoro por la forma en que está formaba la banda”, explica.

“Hacemos música juntos”

La banda tiene una presencia muy activa en la ciudad y zona, participando en actos patrios, desfiles y eventos culturales como el festival Otoño Polifónico. Rita recuerda las presentaciones en distintos espacios, como la plaza Roca o el Teatro Municipal durante la velada de gala por el Día de la Fuerza Aérea. Son momentos que, dice, siempre dejan algo más que música.

La reacción del público forma parte de ese todo que ella disfruta: los aplausos que siguen el ritmo, la gente que acompaña con la cabeza, los pedidos de “otra” que se repiten al final. “Es muy emocionante”, dice sin pensarlo.

Antes de cada presentación suele mirar algo que llama “el termómetro del ánimo” de la banda, una forma suya de leer cómo están sus músicos. Y casi siempre, asegura, hay alegría. Mientras habla de ellos, el celular aparece de manera natural. Empieza a mostrar fotos de viajes, ensayos, escenarios. Desliza la pantalla despacio, como si cada imagen le devolviera un momento vivido. Ahí se ve el trabajo, pero también la complicidad de la tarea compartida.

“Cuando agarro la batuta siento que movilizo almas. Hago música con las manos. Cada músico interpreta lo que le transmito”, dice de manera clara. No habla de técnica ni de jerarquías, sino de emociones.

En su relato aparece una idea que se repite: lo colectivo. La música como una construcción compartida. Y al final, una revelación que reordena todo el recorrido: “Era esto lo que me gustaba, pero no lo sabía”.

Concluye la entrevista. Se acomoda el rodete con la misma precisión con la que marca una entrada. Se frota las manos lentamente, se levanta y sonríe profundo. Cayó la noche. Entre las luces de los autos, se pierde la silueta de Rita, la mujer que lleva la batuta.

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