Crudo, sugerente y vigoroso, el estilo de Paco Rodríguez Ortega ya es un sello de autor. A 30 años de su primera exposición, Otro Punto dialogó con el destacado artista para recorrer su historia en el arte, sus influencias, su manera de entender la pintura y los proyectos con los que celebrará estas tres décadas de trayectoria.
Fotos: Santiago Mellano

En 9 de Julio 913 se encuentra el atelier de Paco Rodríguez Ortega, uno de los artistas plásticos más reconocidos de Río Cuarto, un espacio donde el dibujante y pintor exhibe y guarda una buena parte de su obra. Reconocer el lugar es sencillo: más allá del cartel, hay un mural en la entrada que, para quienes conocen su trabajo, remite de inmediato a su universo visual. Una esquina luminosa donde despliega lo mejor de su estilo crudo, sugerente y vigoroso.
Uno podría pensar que el espacio de un artista está lleno de cosas amontonadas, por prejuicio quizá, o tal vez porque alguna vez vimos eso en las películas. Pero este no es el caso, sino lo contrario, todo parece tener un orden. Como no podía ser de otra manera, sus cuadros y murales decoran las paredes de su taller y otros dibujos más pequeños también. Una biblioteca con libros, cuadernos de dibujos y hasta unos muñequitos que parecen ser de su infancia: Mickey y Pato Donald, clásicos de Disney. En otra de las esquinas: pinturas y muchos, muchísimos pinceles. Es que para Paco Ortega, pintar es su forma de vida y de expresarse y tal cómo él lo dice: no podría hacerlo de otra manera. “Al final lo que uno hace al pintar. Es luchar contra el tiempo”, sostiene Paco y repasa para Otro Punto su camino transitado en el arte.
Paco Rodríguez Ortega nació en Río Cuarto y su vínculo con el arte comenzó temprano. Su abuelo lo acercó al artista Ángel Vieyra, con quien aprendió las bases del dibujo y del color. Ese primer contacto fue decisivo pero no el único. Más tarde ingresó a la Escuela de Bellas Artes Libero Pierini, donde se formó como profesor de Dibujo y Pintura y de la que egresó en 2001. Entre esos años de aprendizaje y búsqueda, también fue consolidando una sensibilidad propia, sostenida por la observación, el oficio y la necesidad de encontrar en la pintura un lenguaje personal.

En su relato aparecen los maestros, no solo como referencias técnicas sino como figuras que dejaron huella en su forma de pensar el arte. Carlos Alonso fue central en ese recorrido. Paco recuerda haber descubierto su obra en un libro. Lo recuerda como un artista argentino con una potencia plástica que dialogaba con grandes nombres de la figuración y el expresionismo. A eso se sumaron contactos con artistas como Luis Felipe Noé, Juan Carlos Lasser, Juan Doffo y galeristas como Jorge Povarche o Coppa Oliver, en una trayectoria que fue expandiéndose sin perder nunca el anclaje en Río Cuarto.
Entre las muestras más destacadas de Ortega se encuentran la de 2006 en el centro cultural del Banco Interamericano de Desarrollo, en Washington DC, la de 2008 en la galería Jaques Martínez, de Buenos Aires, y la de 2019 en la Nag Art Gallery, en Pietrasanta, Italia. Estas experiencias de exponer en el exterior las vivió como una linda oportunidad y con menos peso que cuando expone en Río Cuarto, su ciudad natal ya que según explica, exponer acá tiene una consciencia distinta.
Su pintura tiene como eje la figura humana y las estructuras biológicas. Pero reducirla a eso sería insuficiente. En sus cuadros aparece el cuerpo, aunque muchas veces tensionado, fragmentado o apenas sugerido. Hay huesos, vestiduras, esternones, ataduras, diagonales, planos que recuerdan estratos de tierra, ramas, fisuras, materiales agrietados, restos de naturaleza y de ciudad. Paco habla de la observación de las líneas del asfalto roto, de las reparaciones torpes del asfalto, de las marcas que dejan los autos, de las grietas cubiertas a medias. Todo eso alimenta una obra que tiene una mirada existencialista. Podemos decir que Paco es un gran observador y pinta todo lo que lo va atravesando y sintiendo.

Para él, la pintura exige un pie en la tradición y otro en la ruptura. Hay que estudiar lo anterior, conocerlo, incorporarlo, y recién entonces desafiarlo.
-Pintar, ¿lo tomás como un hobby, como un trabajo, ambas?
-Pintar para mí es un proceso natural de vivir en estado de percepción de las cosas, de lo que va pasando, de lo que ocurre, de cómo me siento. Ahora cumplo 30 años desde mi primera exposición, entonces en esas tres décadas pude detectar que hubo necesidades internas distintas. Al principio sí, estaba la necesidad de pintar y querer ser visibilizado, y a lo mejor esa ilusión de ser conocido. Después eso fue mutando hacia una necesidad de tener una producción más sólida para poder ser absorbido por el mercado y las galerías. Una segunda década que fue entre mis 25 y 35 años. Y estos últimos 10 años, de alguna manera, me desafecté de las galerías y estoy casi de manera totalmente autónoma.
-¿Por algún motivo?
-Por distintos motivos. Porque los dos galeristas con los que trabajaba principalmente fallecieron y después estoy un poco a contrapelo de lo que está pasando en el mundo actual de la plástica.
-¿En cuánto a la estética?
-Hubo un cambio de paradigma en donde se espera, me parece, de manera excesiva, un arte que sea para entretener, para agradar, para decorar. Y además, en el mejor de los casos, es un arte que nace de un concepto y muere en el concepto. Yo creo que en realidad todo arte nace en un deseo de hacer, en una pulsión, que también tiene un concepto, al que llegamos, en lo posible, a través de la obra como resultado de un trabajo. Y después el espectador tiene que entrar por el trabajo que esa obra tiene para ofrecerle y, de acuerdo a su propia percepción, ir avanzando en el sentido temático o significativo de la obra, sin necesidad de ser invadido por un texto en la sala o por un escrito.
-Claro, si hay que explicarlo no tiene razón de ser?
-Yo creo que hay una tendencia demasiado excesiva a que la obra esté sostenida por la palabra de un curador y eso lleva a que, en muchísimos casos, no en todos, la calidad de los productos o del oficio vaya desapareciendo. No me imagino a Van Gogh teniendo un tipo que le diga: hoy vamos a ir a hacer un girasol, el cuarto de la serie B. Como que te lo encargan específicamente. O un Charly García que le diga: vamos a hacer el cuarto tema del disco.
-Y cuando te encargan una obra, ¿te pasa un poco esto, de sentirte condicionado, o cómo lo manejas?
-Al principio, aceptaba casi todos los encargos que mi posibilidad de oficio podía responder. Hoy elijo solo los encargos que acepto. Son encargos de alguien que vio un cuadro mío que le gustó y me dice si no me animo a ampliarlo. Entonces yo le planteo las posibilidades. Por ejemplo, si una obra mide 30 por 30, como mucho la podemos llevar hasta 70 por 70. También hay algunos tonos y colores que no están relacionados con el mundo de mi imagen. El magenta, el cian, el púrpura. Toda la escala de colores pop no tiene que ver con lo que yo quiero comunicar en mis cuadros.
Sobre este transmitir, el artista y cuenta que hoy en día está menos preocupado por comunicar un mensaje específico y más conectado con la experiencia misma de hacer, con lo que la materia le propone mientras trabaja. “Pintar, en ese sentido, se parece también a una forma de meditación activa”, dice.

Cada vez que Paco habla del hecho de pintar, sus ojos se iluminan y deja clara esta pasión que tiene por lo que hace. Consultado sobre si prefiere trabajar en silencio o con música, dice que al inicio prefiere el silencio pero que luego le es indistinto. “Después no pasa nada, puedo estar con gente, charlando, porque ya hay una cosa más resuelta, ya tengo el GPS puesto y sé a dónde voy”, sostiene.
-Reconocí el atelier porque en la pared de la calle tenés una pintura, que está más que claro que es tuya. Tenés un estilo propio. ¿La gente te hace saber esto, que ve obras y se da cuenta de que son un Paco Ortega?
-Sí, sí, ya las reconocen, me dicen vi un cuadro tuyo. Yo a veces les pregunto si leyeron la firma y me dicen que no.
-¿Lograr el sello propio es difícil para un artista?
-Es difícil si transitás la etapa en la que aprendés cosas y después las rompés y te quedás con lo necesario. Pero también es muy fácil si lo único que hacés es repetir eso primero que hacés.
La pintura, para él, no es una actividad separada de la vida, sino una forma de habitarla. No significa estar todo el día frente a una tela, sino vivir atento, en un estado de percepción donde la experiencia, la memoria, el material y el cuerpo dialogan constantemente.
Para celebrar estas tres décadas de su primera exposición, Ortega prepara varias presentaciones: una muestra de dibujos en la Universidad Nacional de Río Cuarto, otra en julio en Almafuerte, su participación en una muestra colectiva en Ecos con dos cuadros y una escultura, y en agosto una exposición en la Casa de la Cultura. Allí presentará una serie que llama “la serie negra”, en homenaje a las Pinturas negras de Goya. El punto de partida de esa búsqueda fue radical: pintar primero el bastidor de negro y, desde allí, hacer aparecer la imagen a través de la luz. El desafío técnico se vuelve también conceptual: mostrar que la imagen puede nacer desde la sombra.

-¿Qué es lo que tenés ganas de hacer en estos 30 años que estás cumpliendo?
-Si va todo bien, presentamos un libro de las tres décadas, como si fuese esto que estamos haciendo ahora en entrevista, pero va a ser un libro un poquito más extenso. Ese libro, trabajado junto a Claudio Loménzo, Javier Magistri, gente de Cartografías y José Di Marco desde la universidad, reunirá una selección acotada de obras de estos 30 años. Elegir será difícil, porque inevitablemente quedará mucho afuera. Pero también será una forma de ordenar etapas, de mirar hacia atrás y reconocer las distintas mutaciones de una obra que nunca se quedó quieta.
-¿Qué significa el dibujo y la pintura para vos?
– Para mí la pintura es una forma de conectar emocionalmente con lo que me pasa y con lo que entiendo de la vida. Es mi herramienta para comunicarme.
En esa definición aparece una idea clave: la pintura comunica, pero no de manera literal. Si pudiera decir lo mismo con palabras, canciones o poemas, usaría esos otros lenguajes. Justamente por eso pinta: porque hay algo que solo la pintura puede decir.
Esa defensa de la autonomía del lenguaje se enlaza con una preocupación que expresa Paco en la nota: la pérdida de oficio. Ortega insiste en que el arte no puede desprenderse de la historia que lo precede ni del trabajo técnico que le da espesor. No se trata de negar la experimentación, sino de sostenerla sobre una base real. Para él, no alcanza con expresarse: hay que aprender, ver, estudiar, equivocarse, insistir, romper lo aprendido con conciencia. Solo así una obra puede encontrar un lenguaje propio. En esto, Paco marca diferencias entre estilo y estereotipo, entre oficio y repetición vacía. Sostiene que no se trata de automatizar gestos ni de decorar una superficie, sino de tensar permanentemente lo aprendido con una voluntad de ruptura.

En ese punto, Paco también piensa su lugar en Río Cuarto. Considera que siguen existiendo espacios importantes para mostrar arte, como el Museo Municipal de Bellas Artes y la Casa de la Cultura, aunque advierte que en los últimos años se perdió cierta idea de recorrido y legitimación en algunos ámbitos. Su reflexión no apunta a clausurar, sino a recordar que el arte también requiere aprendizaje, proceso y tiempo. En el atelier de 9 de Julio 913 todo eso convive: los libros, los dibujos, los muñecos de infancia, los pinceles gastados, las obras que esperan salir, las ya terminadas, las que van encontrando su forma. Allí, en ese orden silencioso y luminoso, Paco Ortega sigue haciendo lo que hace desde hace décadas: pintar, mirar, romper y volver a construir.

