Vidrieras en pausa

Catorce meses de caída en las ventas, más de mil puestos de trabajo perdidos en dos años y locales vacíos: el centro de Río Cuarto resiste, pero cada vez, con menos aire. Entre promociones, descuentos y expectativas de repunte, los comerciantes hacen malabares para sostener sus negocios.

Fotos Laura Scott

Hay tardes en las que el centro parece desacelerarse. Dentro de algunos negocios, el tiempo se mide en gestos mínimos: el celular que se desbloquea por inercia, la mirada que vuelve a la puerta, la ropa que se acomoda una y otra vez sin necesidad. Afuera, la escena se repite con otra forma de espera: pasos que se frenan frente a las vidrieras, miradas rápidas, decisiones que duran segundos. Se observa, pero no se entra. O se entra poco.

“Pasaron dos horas y no entró nadie”, se escucha detrás de un mostrador. No es una excepción: es una frase que se repite en distintos rubros, con distintos tonos, pero con el mismo sentido.                                                                     

Según datos oficiales, en enero de 2024 la contribución de Comercio e Industria generó 5.522 millones de pesos para el Municipio. En abril de 2026, la cifra descendió a 3.004 millones. La diferencia marca una contracción de la actividad que atraviesa todo el entramado comercial.                                                                   

En el centro ya no preocupa solamente vender menos. Empieza a preocupar la falta de movimiento. Hay otra dinámica. Se mira, pero no se compra. O se compra poco. Los sábados solían ser un desfile de paquetes que colgaban de los dedos. Esto ha cambiado. ¿La caída de las ventas es multicausal?, La respuesta es un sí, pero hay un factor que es innegable. Hay menos plata en la calle.                                                                                                   

Julieta hace 14 años que tiene negocio. Vende ropa urbana y de fiesta sobre calle Constitución, en pleno corazón comercial. A pocos metros de su negocio, tres comercios cerraron en el último tiempo. Sobrevive en esa cuadra donde reinan las vidrieras vacías. Ella sigue, asegura que no se puede quejar porque vende, pero reconoce que mantenerse requiere más esfuerzo.                                                                                            

Detrás de los brillos que cuelgan de las perchas, despliega un relato aguerrido. Emplea todo tipo de estrategia para vender y defender su negocio y su futuro. “El año pasado fue relativamente bueno, pero hay que remarla. Tratamos de tener promociones y adaptarnos a la situación. Ganar menos y vender más. Nos adaptamos para que la gente pueda consumir”, cuenta. Para ella, la clave está en sostener estrategias permanentes: promociones, presencia en redes sociales y atención personalizada. “Hay que estar en el negocio, atender bien a la gente. Eso el cliente lo valora. Hay que estar”.

En este sentido, piensa que lo que viene será mejor. “Soy optimista, tengo muy buenos precios, la gente nos acompaña”, menciona convencida mientras mira la puerta.                                                                                                            

La necesidad de reinventarse aparece también en el relato de Anuar, comerciante textil desde hace más de tres décadas. Habla desde su experiencia y cómo sorteó otras crisis. Su local funciona dentro de una galería frente a la plaza. Según asegura, las ventas cayeron cerca de un 40 por ciento respecto del año pasado. Menciona que, por la recesión económica y la falta de disponibilidad de dinero, hay que aprender a jugar en una nueva época. “El movimiento cambió mucho. Hay gente mirando, pero poca comprando”, dice sin titubear. Y advierte sobre el peso creciente de los costos fijos: alquileres, impuestos y servicios absorben cada vez más porcentaje de la facturación. “Hoy hay que competir bajando precios, no queda otra”.                                                                                        

La lógica inflacionaria de años anteriores, sostiene, permitía acomodar los márgenes aumentando valores. Ahora, con una inflación más desacelerada y salarios deteriorados, el escenario es diferente. “Nos desacostumbramos a competir, esa es la verdad”, dice. Y mientras evalúa achicar el negocio textil, decidió ampliar el abanico, buscarle la vuelta y expandirse en el rubro alimentos. No queda otra que reinventarse.

“La venta se hace con competencia. Se beneficia el cliente porque todos bajamos los precios o no vendemos. Lo que más preocupa al comerciante es la merma en la cantidad de ventas. Hoy todos tenemos que aprender a administrarnos con lo que tenemos, mucho o poco”.

Es martes y la ciudad parece avanzar con una inercia extraña. Las personas caminan rápido, cargando listas mentales de cuentas, trámites y preocupaciones que les endurecen el gesto. Tropiezan con baldosas flojas, esquivan bicicletas, miran el celular. Casi nadie levanta demasiado la vista.                                                                                        

En medio de ese movimiento apurado, las vidrieras quedan ahí: iluminadas, quietas, esperando que alguien las mire. Sobre algunos locales, los carteles de “se alquila” dejaron de llamar la atención. Como si el vacío, lentamente, hubiera encontrado la manera de volverse paisaje.

Para abajo

En este panorama, la caída del poder adquisitivo aparece como uno de los factores centrales para explicar la retracción del consumo. Iván Safadi, presidente del Cecis, sostiene que la tendencia negativa en las ventas lleva más de 14 meses.                                                                                                     

Según explica, la situación preocupa porque no se visualiza una recuperación rápida. “He visto situaciones difíciles. La hiperinflación del ‘89 fue complicada, y el 2001 también. Pero en esos dos casos, creo que fue más corto. En 2001, explotó todo en diciembre y en abril o mayo, ya estábamos trabajando. Hoy llevamos un par de años con complicaciones. Este cambio de modelo, esta recesión… no sé si en el próximo año vamos a ver una activación”, reflexiona.

Safadi remarca además que el deterioro del poder adquisitivo modifica las prioridades de consumo. “El bolsillo se ha visto golpeado. Los que pagaban 50 mil pesos de luz, este año tienen que pagar 120 mil o 150 mil. Eso representa una camisa menos que comprar, una salida a comer pizza menos, un viaje menos. Se pierde la venta de ocasión se va disminuyendo por la falta de plata”. 

“Lo tuve que vender”  

La experiencia de Lucía refleja el fenómeno desde otra perspectiva. Sin antecedentes comerciales, abrió un local de ropa deportiva masculina en julio de 2024. Su comercio, a tres cuadras de la plaza, arrancó con fuerza. Ella se ilusionó. Pero ese entusiasmo inicial chocó rápidamente con la realidad económica. El primer año fue relativamente bueno, pero el 2025 no. “Las ventas empezaron a caer muchísimo. Los gastos fijos aumentaban, los precios estaban prácticamente congelados y la gente gastaba menos porque los sueldos están detenidos. La gente que entraba a comprar dos remeras, paso a llevarse un par de medias y así…”, recuerda.                                                          

Con el recuerdo latente, menciona que las promociones permanentes, liquidaciones, 2×1 y descuentos constantes, dejaron de ser efectivas con el tiempo. “Llega un momento en que la gente ya no les presta atención”, explica. A eso se sumaron las actualizaciones trimestrales del alquiler, el aumento de impuestos, las cargas sociales y las comisiones de las tarjetas. “Si no ofrecés cuotas o tarjeta, muchos no compran. Pero las comisiones también subieron muchísimo”, señala.                                                                                                 

Le dio vueltas, la remó e intentó seguir. Pero finalmente, decidió ponerle fin y vendió el fondo de comercio. Dice que ya no mira con nostalgia cuando pasa frente al negocio, algo que sí le pasaba al principio. Hay que seguir.

¿Otra competencia?

Al principio, los gigantes minoristas de origen chino Shein y Temu asustaron a todos y aparecían como posibles competidores para el comercio local. Sin embargo, entre los comerciantes consultados no parecen representar una amenaza determinante.

Julieta asegura que varios clientes volvieron decepcionados por la calidad de los productos comprados online. “La gente quiere probarse la ropa”, resume. Anuar coincide y considera que esas plataformas no impactaron directamente en el volumen de ventas del comercio minorista local.                                                  

Sube y baja

En el microcentro riocuartense, los locales vacíos empiezan a multiplicarse entre cafeterías nuevas, promociones pegadas en las vidrieras y negocios que intentan resistir. Safadi habla de “rotación comercial”: espacios que se desocupan y rápidamente vuelven a alquilarse. “Las crisis aceleran los procesos de cierre, como así también permiten que quienes están mejor posicionados aprovechen esos espacios. En el centro se desocupa un local y enseguida lo alquila otro”, explica el empresario.                                                                   

El último relevamiento del Cecis, realizado en febrero, registró que el 11,74% de los espacios comerciales del sector céntrico estaba desocupado. En números concretos, los locales vacíos pasaron de 219 a 250 en un año.                        

Las estadísticas describen el fenómeno, pero la ciudad lo cuenta de otra manera: negocios que desaparecen casi sin despedirse y esquinas donde el movimiento parece haberse detenido por un momento.                                        

“Nadie paga menos de un millón de pesos de alquiler. En promedio, un local cuesta entre dos y tres millones mensuales”, detalla. En este contexto, sostener un comercio se convierte muchas veces en una carrera de resistencia.

El más débil

Por ahora, el comercio riocuartense se mueve por una lógica silenciosa: estirar los tiempos, resistir el mes que viene, sostener lo que se pueda con estructuras cada vez más ajustadas. El verbo más repetido no es crecer, sino aguantar. Diego Cambria, gerente del Cecis, suma un dato importante y describe ese comportamiento como una suerte de pacto implícito.  “Hay un acuerdo generalizado de no tomar empleados y sostener la estructura actual”, señala. Pero esa estrategia de contención también deja ver su otro lado: el empleo como variable que se contrae.                                                                                             

En este sentido, José Luis Oberto, secretario general de empleados de comercio, advierte un deterioro sostenido. En la entrevista que puede verse en Contrapunto, afirmó que en los últimos dos años se perdieron más de mil puestos de trabajo en el Gran Río Cuarto. “Han cerrado empresas, muchas se han achicado… hay un goteo permanente y es muy preocupante”, describe.

En el centro, la escena se vuelve ambigua. Conviven la esperanza de una reactivación con el desgaste cotidiano de sostener lo que queda. Los comercios siguen abiertos, pero cada vez con menos margen; las decisiones se postergan; y el movimiento, mientras se espera que vuelva, avanza a un ritmo más lento.

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