Juan Solá: “Hacer poesía militante es hacer un poco de justicia”

El autor, escritor y guionista Juan Solá, llega a Río Cuarto para presentar “Invisible”, un unipersonal que cruza teatro y recital poético para poner en escena los silencios familiares, los vínculos complejos y el poder del arte como herramienta de incomodidad, memoria y reparación. En diálogo con Otro Punto, compartió su mirada sobre la escritura, el compromiso artístico y el lugar de la palabra en tiempos complejos.

Observar, incomodar e interpelar no son solo recursos en la obra de Juan Solá: son, en esencia, la forma en que entiende el arte. Para él, la palabra no está hecha para tranquilizar, sino para abrir preguntas, para poner en tensión lo que muchas veces se prefiere callar. En ese sentido, su escritura, y su manera de habitarla, lleva una búsqueda que combina sensibilidad y compromiso, donde contar historias también implica posicionarse frente al mundo. Prefiere que lo llamen “coleccionista de historias” y no escritor ya que la palabra escritor lleva a un lugar de perfeccionamiento de la práctica autoral de la práctica de la escritura y a él lo que le interesa es ver la cara de la gente cuando le cuentan algo que los fascina.

En esa forma de entender la palabra también aparece su historia personal: haber crecido con una madre militante de derechos humanos, que desde muy temprano les inculcó el valor de la palabra y la importancia de decir. Tal vez por eso, en tiempos que reconoce difíciles para quienes todavía se animan a soñar, sostiene que hacer una poesía militante es también hacer un poco de justicia.

“Invisible” es la obra con la que el guionista llegará este sábado 18 de abril a las 21 horas a Elvis, en Río Cuarto. Se trata de un unipersonal que, según explicó, prefiere definir como un cruce entre teatro y recital poético. El texto nace de la adaptación escénica de un libro suyo del mismo nombre y pone en juego una serie de temas sensibles: los vínculos familiares, los secretos, los consumos problemáticos y los silencios, todos atravesados por una historia de amor.

-¿De dónde surge Invisible?, ¿Tiene también que ver con vos, con tu historia?

-En general a los autores nos suelen preguntar si lo que escribimos es real, y yo suelo decir que a lo mejor lo que no es real también es cierto. Invisible no es una historia cien por ciento personal, pero algo mío siempre queda depositado en el texto. Lo interesante de esta propuesta es que el espectador puede encontrarse en distintos momentos, como si el texto funcionara de espejo para que cada uno mire ahí y encuentre lo que busca. En mi caso, siempre dejo algo propio en lo que escribo. De hecho, en el libro Invisible hay un fragmento que dice que un libro es el mejor lugar para guardar un secreto.

Sobre esta última frase se desprende el hecho de que para él autor, escribir también es dejar rastros, fragmentos personales, pequeñas zonas de uno mismo escondidas entre las palabras. Desde allí, “Invisible” busca convertirse en un espejo donde cada espectador pueda encontrarse con algo de sí mismo.

-En “Invisible” hablás de los silencios de las familias. ¿Creés que este unipersonal que venís a presentar es una invitación a revisar esos mandatos?

-Me gustaría pensar que esa es un poco la función del texto y del arte en general. Yo siempre pienso al arte como un lente: un lente que les permite a los que siempre estuvieron a salvo conocer la miseria, y a los miserables conocer la justicia. Creo que el texto es un punto de partida para los diálogos incómodos y una excusa para hablar de lo que a cada uno le ha pasado. Ahí también aparece la posibilidad de escuchar al de al lado, que es un poco el objetivo: poner sobre la mesa la conversación incómoda y buscar, si se quiere, algún camino posible para estar mejor, a pesar de lo que nos ha sucedido.

Sobre sus rituales al momento de escribir, contó que suele hacerlo de noche, con alguna música de fondo y, a veces, con una copa de vino. Evita la música con letra porque dice que se distrae con facilidad, aunque también reconoce que si el texto fluye, nada a su alrededor importa demasiado, solamente escribir.

-¿La inspiración surge o se trabaja?

-Es una buena pregunta, la verdad. Es una pregunta que no te la voy a responder del todo, porque en todo caso me la voy a seguir pensando. Porque es para pensarla bien. Creo que hay un cruce perfecto entre la energía que uno tiene, el tiempo, las ganas y la inspiración. Convengamos también que la inspiración muchas veces viene de tener otras cosas resueltas: cubierta la alimentación, el refugio, la cuestión social. Entonces ahí uno sí se puede detener a hacer otro tipo de reflexiones. Y al mismo tiempo puede surgir de un impulso conectado a una emoción, como mucha gente lo ha experimentado. Gente que te dice que escribe como si vomitara la emoción, o que se enoja y necesita bajar una canción o escribir algo. Pero yo creo que es algo que va apareciendo, sí, pero me llevo la pregunta.

– Ñeri, La Chaco, Microalmas, son solo algunas de tus obras, ¿alguna que te haya marcado o que hoy vuelvas a leer y te sorprenda?

-Sí. Microalmas, es una novelita, un librito muy cortito de cuentitos que escribí hace muchos años, cuando me rompieron el corazón. Y quién me iba a decir a mí que, gracias a que me rompieron el corazón, iba a escribir un libro que me ayudaría a pagar el alquiler durante tantos años. Es un libro que me hizo muy bien. Lo digo con mucho orgullo. Vos lo leés y te das cuenta de que está escrito por un muchacho adolescente, pero también de la sinceridad que carga. Por eso lo miro y digo: “Mirá qué chiquito que era, cómo sufría”. Está bueno dejar registro de lo que uno es a partir de lo que hace y de su obra, porque ahí uno también se encuentra cuando medio que se pierde un poco.

-¿Volverías a pasar por eso, que te rompan el corazón, para que salga así una escritura?, ¿No es negociable no? jaja

-No sé. Otra gran pregunta me estás haciendo. Yo creo que, si pudiera ser un tipo feliz, pero a cambio tuviese que sacrificar la escritura… no sé si sería un sacrificio, porque yo creo que venimos a esta tierra a ser felices. A lo mejor, sacando un poco de drama de mi vida, podría vivir un poco más tranquilo. Pero por lo pronto tengo la escritura como escudo y también como ese apósito que te decía antes, porque el mundo está en carne viva y hay que vendarlo un poco. Y la poesía viene un poco a eso también.

-Siempre, por lo que observamos, en tus obras y en tus escritos hay un fuerte compromiso social. ¿De dónde creés que surge o cómo se fue construyendo eso a lo largo de los años?

-Crecí en un territorio bastante hostil para quien sueña, que es el norte argentino, en los años 90. Entonces me parece que ahí ya hay un escenario y una tierra fértil para contar historias. Además, tuve una madre militante de derechos humanos, que desde chicos nos inculcó ciertos valores relacionados con el poder de la palabra y con la importancia de decir. A partir de ahí surge, si se quiere, una intención narrativa que utiliza la poesía no solo como una expresión artística, sino también como un apósito que se ofrece a este mundo en carne viva. Una poesía conectada con su entorno de producción y con lo que le pasa a la gente que la lee. Esa es mi búsqueda: trabajar desde el lugar de un arte comprometido con su época.

Ante esta última respuesta, queda claro que el compromiso de Solá con este tipo de historias no es casualiad. La presencia de esa madre marcó no solo su modo de ver el mundo, sino también su manera de entender la escritura. El autor recordó una infancia profundamente acompañada en sus procesos creativos, una etapa donde escribir era un juego pero también una forma de existir. Su madre, dijo, había querido dedicarse a la escritura y encontró en él a un hijo que, apenas conoció las letras, comenzó a escribir cuentos. Hubo ahí una conexión especial que con el tiempo se fue transformando en oficio.

Actualmente, además, está trabajando en cuentos vinculados a la distopía, imaginando una Argentina dentro de cien años. Pero aun en ese registro, insiste en que deja algo suyo en cada texto. Un fragmento del futuro, una parte de sí proyectada en otras formas y otros tiempos. Esa continuidad entre lo íntimo y lo colectivo aparece también cuando habla de la realidad actual del país.

-¿Cómo vivís la realidad actual de Argentina como escritor?

-Y, de la misma forma que la vive cualquier otro obrero: con preocupación, con incertidumbre, con angustia. Tratando de evitar las noticias por la mañana, antes de desayunar. Siempre consciente del gran beneficio de poder trabajar de lo que amo, y sin perder la conciencia de que hay muchos que todavía no lo pueden hacer, y hay muchos otros que con su sacrificio están sosteniendo el sueño de algunos. Con mucha conciencia de que es algo que hay que revisar. Con mucha tristeza por algunos que apoyan ciertas conductas agresivas del gobierno hacia los obreros y sus expresiones artísticas. Con la esperanza de que, a partir de este quiebre profundo, una nueva humanidad aparezca para entablar un diálogo urgente y necesario respecto a cómo nos vinculamos unos con otros, quiénes elegimos para que nos representen, cuáles son los discursos que nos representan y cuáles otros hay que empezar a descartar, porque tienen que ver con el clasismo estructural que maneja los vínculos dentro de este país, con el racismo, con la discriminación.

“Vivo este momento histórico lo más despierto que puedo: prestando atención, escuchando, guardando información, porque sé que la información es muy valiosa y es lo que moldea las decisiones que tomamos como conjunto social”, sostiene Solá y agrega: “Creo en en el entretenimiento, en la poesía contemplativa, pero también creo en la poesía comprometida con lo que le está pasando a la gente que la lee y a la gente que la produce. Y en tiempos tan difíciles para los soñadores como los que estamos atravesando, hacer una poesía militante es un poco hacer arte, pero también un poco hacer justicia. Así que para eso estamos”. El autor cierra la nota con un poema de Marwan en el que dice que él puede escribir una poesía que no sea política, pero que para poder hacerlo necesita que los bombardeos cesen y que los misiles se detengan, para poder escuchar a los pájaros. “Y me parece fabuloso, porque ilustra perfectamente lo que significa hacer arte en esta época, y en cualquier época también”, dice Solá.

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