La historietista, ilustradora y artista visual Nacha Vollenweider, oriunda de Río Cuarto y actualmente radicada en Francia, construye una obra donde lo íntimo se entrelaza con lo político y la memoria familiar dialoga con la historia colectiva.

Desde Angoulême, la ciudad francesa considerada la capital europea de la historieta, la conversación comienza con algo simple: la diferencia horaria. Cinco horas. Cuatro en invierno. El cuerpo que se adapta. “Después de un tiempo ya te acostumbrás”, comenta Nacha Vollenweider. La frase se refiere al jet lag, pero también funciona como metáfora de su propio recorrido: moverse, migrar, reconstruirse.

La historietista admite que todo lo que dibuja y escribe tiene que ver mucho con ella y con el universo que la ha rodeado en la infancia y adolescencia. “Tengo un tío desaparecido, eso me marcó mucho a mí y a la historia familiar. Una vez le pregunté a mi mamá, ¿el tío va a volver? Y no me dijo nada”, dice Nacha y remarca: “yo me llamo María Ignacia y él, Ignacio”. Otra de las cosas que marcó mucho a la familia de la artista es la memoria migrante europea. “La cultura alemana en mi casa es algo que va pasando de generación en generación”, cuenta Nacha que tiene varias historietas sobre la migración, con las que muchos se sintieron identificados.
Nacida en Río Cuarto en 1983, Vollenweider es licenciada en Pintura por la Universidad Nacional de Córdoba y magíster en Arte con especialización en Ilustración y Diseño por la Universidad de Ciencias Aplicadas de Hamburgo. Su carrera se despliega entre Argentina y Europa, con publicaciones en Alemania, Francia y Suiza, además de exposiciones y reconocimientos que la posicionan como una de las voces más singulares de la historieta contemporánea.
Sin embargo, su historia no empieza con las editoriales ni con los premios, sino en una infancia atravesada por el dibujo. “Hay una cosa que es el dibujo en sí, la práctica del dibujo, que eso sí viene desde niña”, recuerda. Su madre, Gloria Cisneros, fue una influencia directa. Con ella aprendió a dibujar antes de tener conciencia de lo que eso significaba. Luego llegaron los talleres de la Libero Pierini y, casi como una escena de película, el hallazgo de un cartel en una fotocopiadora frente a su casa: “Aprenda dibujo con Gabriel Yabar”. Ese encuentro marcó un antes y un después. El reconocido historietista le enseñó el oficio durante tres años. “Yo uso lo que aprendí a los 12: lápiz, goma y tinta china”, dice.


En el taller eran solo dos mujeres entre muchos varones. “Otro tiempo”, resume. Pero esa experiencia también dejó marcas que hoy se filtran en su obra, donde la perspectiva de género y las narrativas personales ocupan un lugar central.
Es lectora de Mafalda desde niña. Nacha reconoce que esta historieta la ayudo a proyectar su carrera como dibujante: “Había una cuestión política que de niña desconocía pero con los años Mafalda fue una maestra, tiene eso feminista que me ayudó a decir cosas”.
Estudió diseño gráfico en Río Cuarto, se formó como docente en la Libero Pierini y decidió mudarse a Córdoba para cursar la licenciatura en la Universidad Nacional. “Me dijeron que el título me iba a servir para aplicar a becas afuera. Y eso hice”, cuenta.
No fue casual. Había una idea de proyectarse, de expandir horizontes. En 2013 obtuvo una beca del Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD), que le permitió trasladarse a Hamburgo para desarrollar un proyecto de novela gráfica. Ese viaje no solo amplió su formación, sino que también redefinió su identidad artística.
-¿Cómo surge la idea inicial para realizar cada historieta?
– Yo creo que surgen del deseo de contar algo. Una novela gráfica por ejemplo tiene más de 80 páginas. Surge del deseo de contar una historia, y esas historias se van complejizando. Es como en la literatura: puede ser un cuento de 20 páginas o una novela de más de 200. Bueno, con la historieta funciona un poco de la misma manera.


-Tus contenidos en las historietas son sobre temas políticos, sociales y religiosos. ¿Estas temáticas son por algo en particular?
-Sí, eso tiene mucho que ver conmigo. En realidad, tiene que ver con todo el universo que me ha rodeado en mi infancia y adolescencia. Desde el hecho de tener un tío desaparecido, el hermano de mi mamá. Yo me llamo María Ignacia y él: Ignacio, así que ya desde ahí hay una marca. Cuando empecé a preguntarme cosas, se me abrió un mundo. La familia de mi mamá siempre estuvo muy marcada por la política, la historia y la literatura. Mis tíos y mis tías fueron personas muy dedicadas a las ciencias humanas, y eso a mí me marcó muchísimo. Hablando con mi abuela, ella me contaba del tío, y además había fotos de él por todos lados. Pero para mí ese tío era una ausencia. Me acuerdo de que, con 15 o 16 años, una vez le pregunté a mi mamá: Mamá, ¿el tío cuándo va a volver?’. Y ella no me dijo nada. Fue algo muy fuerte.
Otra tema que aparece muy frecuentemente en sus historietas es la migración. “La migración europea en Argentina marcó mucho a mis dos familias. La memoria migrante y la nostalgia por el país de origen de mi familia se mantiene de generación en generación” dice la magister y cuenta que por parte de su papá son descendientes de Alemania, Suiza y por parte de su mamá de España del país Vasco y de la zona de Soria.
En sus dos novelas, aparecen fotos y postales como una manera de recrear esa experiencia migrante, pero desde Argentina hacia Europa. En su caso, esas capas están atravesadas por lo autobiográfico, pero no como un fin en sí mismo. “Uso lo autobiográfico como una excusa para hablar de otros temas”, explica. Y esos temas son, muchas veces, incómodos: la memoria, la dictadura, la migración, la identidad. “Cada experiencia tiene un punto de vista, una forma de ver las cosas. En ese sentido, toda expresión humana es política”, reflexiona.
En Notas al pie, uno de sus trabajos más reconocidos, ese proceso se vuelve casi una investigación antropológica. Durante dos años reconstruyó árboles genealógicos, entrevistó familiares y revisó archivos históricos. Todo comenzó con una caja de fotos que llevó consigo a Alemania. “Era medio un juego, a ver si encontraba la línea familiar que se había perdido”, cuenta.
El resultado fue una obra que, sin proponérselo, generó una identificación profunda en sus lectores. “Muchas personas se sintieron reflejadas en esa historia”, cuenta. La experiencia individual se volvió colectiva.
-¿Toda historieta es política?
Depende de cómo definamos lo político. Cada experiencia implica un posicionamiento. En ese sentido, toda expresión humana es política. Pero no toda historieta tiene que abordar explícitamente temas políticos. La historieta sí lo que te permite es crear mundos, hablar sobre tu mundo. Es como el storyboard de una película.
En lo formal, su trabajo también tiene decisiones claras. El uso predominante del blanco y negro no responde únicamente a una cuestión económica, aunque reconoce que ese factor existe. “Es una manera de sintetizar la complejidad”, explica. El color, en su caso, aparece como un elemento que desordena, que la hace perder el eje.
Su pensamiento creativo parte siempre desde lo visual. “Yo pienso en imágenes y después viene lo literario”, afirma. La historieta, entonces, se configura como un lenguaje híbrido donde texto e imagen se necesitan mutuamente.

-¿Qué opinión tenés sobre la inteligencia artificial?
Me parece uno de los inventos más macabros que se han desarrollado en la historia humana. De hecho, no la uso, no la quiero usar. Ya bastante tengo con el celular. Lo que hace la inteligencia artificial, según entiendo yo, es chuparte todo ese proceso de construcción, que es justamente lo que vos mostrás en internet. Te copia el patrón. Pero no es solo eso, también hay un robo de identidad. Los videos hechos con IA, de gente o de políticos, a mí me generan escalofríos. Siento que, si bien facilita ciertas cosas dentro de esta exigencia de velocidad y rendimiento, y por un lado te ahorra tiempo para escribir un mail, por otro reduce la capacidad creativa. Y además está estructurada sobre la base de un gasto energético enorme. Necesitan agua para enfriar la gigantesca base de datos que acumulan para hacer esos videos. Y ahí yo me pregunto por esa necesidad de reemplazar sistemáticamente las capacidades humanas: mejor un robot, mejor una máquina. Habiendo tanta gente y tantas capacidades, es una lógica que a mí no me cierra.
Su carrera internacional tuvo un punto de inflexión en Alemania. Allí desarrolló su tesis, que luego daría origen a Fußnoten, publicada por Avant-Verlag. Más tarde llegaría su versión en español (Notas al pie, Maten al Mensajero, 2018) y en francés (notes de bas de page, 2019). También fue finalista en dos ocasiones del concurso de novela gráfica alemana de la fundación Berthold Leibinger.
A lo largo de los años publicó historietas en revistas como Fierro y la suiza Strapazin, y participó en exposiciones colectivas como “Acciones, sistemas y afectos” y “Surfiando en lava-cuna” en el Museo Emilio Caraffa. En 2021 fue seleccionada en la Bienal Nacional de Dibujo del Museo Franklin Rawson con su obra Aislamiento.
En 2022 publicó Volver, que en su edición argentina obtuvo el premio Banda Dibujada al mejor libro de historieta de ficción para jóvenes. Ese mismo año fue jurado en concursos organizados por el Fondo Nacional de las Artes y en el Mahmoud Kahil Award en Líbano.
Actualmente se encuentra en residencia en La Maison des Auteurs, en Angoulême, trabajando en su nuevo proyecto, Mujeres del mar, que cuenta con apoyo del Fondo Nacional de las Artes. Además, fue becada por Pro Helvetia para una residencia en Zúrich y realizó ilustraciones para la reedición de Plata quemada de Ricardo Piglia para la editorial española Libros del Zorro Rojo.
-¿Qué lugar ocupa Argentina en tus obras, incluso cuando narrás muchas veces desde otro países?
-Argentina tiene un lugar fundamental. Yo no me puedo pensar separada de Argentina, sobre todo en un trabajo tan autobiográfico. Y ahora, estando lejos de vuelta, hay cosas que una extraña y que le faltan. También es cierto que depende del lugar. Por ejemplo, en Alemania me sentía como un bicho de otro pozo. Son sociedades muy rígidas, muy acartonadas. Tienen sus cosas buenas, obvio, hice muchos amigos y la pasé muy bien, pero hay algo en el vínculo humano que tenemos solo los latinos. Entonces, cuando voy a España o a Italia, me siento como en casa. Francia tiene algo intermedio: no tiene esa rigidez de los alemanes o los suizos, pero tampoco es como España o Italia. Acá, en Angoulême, me encontré con pares latinoamericanos no a través de internet, sino a través de un bar, por ejemplo, que se llama Le Coup Bar, que todos los jueves de cada mes organiza un apero internacional. Ahí encontré latinos y conocí mucha gente a través de eso. En Hamburgo, en cambio, me costó más, incluso siendo una ciudad más grande.
-¿Cómo afecta el contexto actual a los artistas y a vos particularmente?
– Creo que hay una batalla cultural muy fuerte, como un revival de la Guerra Fría, y eso también nos afecta a los artistas. En parte me fui de Argentina porque el discurso de odio hacia la comunidad LGBTI era feroz. Para mí eran cosas intolerables, cosas que no podés cambiar. Podés militar desde tu lugar, pero no cambiar la realidad general. Y sí, afecta mucho a los artistas, no solo en lo económico sino también en lo subjetivo. Cada recorte impacta, porque esto es una cadena. Es como lo que pasa con el comercio o con una fábrica: si no hay gente que compre, no circula. Ahora, por ejemplo, hay mucha menos gente que te compre una obra o que haga un taller de arte, porque no hay plata. Entonces se va recortando todo lo que no es esencial, y se va minando todo el universo alrededor. Pero además viene con un componente de agresividad que yo jamás había experimentado. Para mí fue algo muy fuerte. Lo leés en los libros de historia, pero vivirlo en estos niveles me dejó bastante asustada.


Ese contexto fue uno de los factores que influyó en su decisión de radicarse en Europa. Aunque aclara que no todo es ideal, sí destaca una mayor estabilidad que le permite proyectar su trabajo. “Sabés cuánto vas a pagar de alquiler durante un año. Eso ya es mucho, compara.
A pesar de la distancia, mantiene un vínculo activo con la escena cultural de Río Cuarto. Destaca la existencia de espacios independientes como La Guarida y habla de la vitalidad artística de la ciudad. “Es muy rica y muy importante para la vida social”, sostiene y cuenta que en el marco del Otoño Polifónico la convocaron de la Casa de la Memoria para hacerle un presente a León Gieco y le regalaron Notas al pie. Lejos de Río Cuarto, pero profundamente atravesada por su historia, Nacha Vollenweider sigue haciendo de la historieta un espacio donde lo personal y lo colectivo se encuentran. Entre la memoria, la migración y el presente, su obra no solo narra experiencias propias, sino que también abre preguntas sobre el mundo que habitamos y las formas de resistirlo desde el arte.

