El 24 de Febrero de 2026 marcó un hito sombrío en la historia moderna: cuatro años desde que las tropas rusas cruzaron la frontera ucraniana, iniciando el conflicto más sangriento en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial. Lo que el Kremlin proyectó originalmente como una “operación militar especial” de pocos días se ha transformado en una guerra de desgaste sistémica que ha redefinido el orden geopolítico global y parece no tener un desenlace a la vista.
Tras 1.461 días de hostilidades, el mapa de Ucrania muestra un frente de batalla que, aunque dinámico en puntos específicos como Zaporiyia o las regiones fronterizas de Kursk y Bélgorod, se ha estabilizado en una costosa guerra de posiciones. El año 2025 fue particularmente trágico, consolidándose como el más letal para la población civil con un aumento del 31% en las víctimas respecto al año anterior, según informes de la ONU.

La superioridad numérica y presupuestaria de Rusia —que mantiene más de 900.000 militares en activo frente a los aproximadamente 360.000 de Ucrania— sigue siendo el factor de presión constante. Sin embargo, la resiliencia ucraniana ha logrado trasladar el conflicto a territorio ruso mediante ataques a infraestructuras energéticas, demostrando que la seguridad del agresor ya no es inviolable.
El panorama internacional ha dado un giro drástico en este cuarto año. Ucrania enfrenta un escenario crítico debido a la caída estrepitosa de la ayuda militar de Estados Unidos, que según el Ukraine Support Tracker disminuyó un 99% en 2025. Esta orfandad logística ha obligado a la Unión Europea a incrementar su asistencia en un 67%, intentando cubrir un vacío que amenaza la capacidad de defensa de Kiev.
Económicamente, el mundo sigue pagando el precio de la inestabilidad. La inflación, impulsada por la volatilidad en los precios de energía y alimentos (donde ambos países son productores clave), continúa erosionando las economías globales. En Ucrania, la situación es devastadora: el PIB ha sufrido pérdidas acumuladas por cientos de miles de millones de dólares y más de 9 millones de ciudadanos han caído en la pobreza desde el inicio de la invasión.

¿Es posible la paz?
Las perspectivas de un acuerdo de paz en este Febrero de 2026 parecen más lejanas que nunca. Las condiciones de Moscú siguen siendo inamovibles: la anexión formal de los territorios ocupados y la renuncia definitiva de Ucrania a la OTAN. Por su parte, Kiev mantiene que cualquier negociación debe pasar por la restauración de su integridad territorial según las fronteras de 1991.
Aunque se mencionan posibles rondas de diálogo en Ginebra para finales de mes, la desconfianza mutua y la polarización de los discursos sugieren que el conflicto se encamina a un estado de guerra congelada o a una cronificación de la violencia. A cuatro años del inicio de la invasión, la guerra entre Rusia y Ucrania no es solo un conflicto regional; es una herida abierta en el sistema internacional que pone a prueba la capacidad de resistencia de las democracias occidentales y la eficacia de los organismos de justicia global. Mientras los ejércitos se atrincheran para un quinto año de combates, la única certeza es que el costo humano seguirá escalando en una contienda donde “el final” es el concepto más difícil de definir.


