Tiene 55 años, tres ranchos y un centenar de ovejas. Sin electricidad ni señal de teléfono, Lucy permanece en la Cordillera de los Andes, donde el paisaje y los animales marcan el ritmo de una vida de esfuerzo y resiliencia.

Hay que salir desde Pehué, La Rioja, un pequeño poblado atravesado por una sola calle. Desde allí comienza un recorrido de unos 30 kilómetros por un camino de ripio, lleno de curvas que se pierde en la inmensidad. La Cordillera de los Andes domina el paisaje. Sus montañas de colores intensos se vuelven a cada paso más altas e imponentes. El silencio sólo se interrumpe por el viento y por el paso de algún vehículo que atraviesa la zona. Entre ese paisaje aparece un pequeño rancho. Cuesta distinguirlo de la montaña. El techo está cubierto con bolsas de nylon y la estructura se sostiene con algunos palos que hacen de pared. Allí vive doña Lucy.

Tiene 55 años y nunca conoció otra forma de vida. Nació en la cordillera y sigue viviendo entre las montañas, donde los días transcurren al ritmo de sus animales y de las estaciones. El frío y el sol dejaron marcas en su cuerpo. Su piel está curtida y sus mejillas permanecen siempre enrojecidas por las bajas temperaturas y la exposición constante al clima.
Su casa no es una sola. Tiene tres ranchos distribuidos en distintos puntos de la montaña y se traslada de uno a otro según la época del año. El motivo no es solamente el frío. También sigue el crecimiento del pasto que necesitan sus ovejas. La montaña determina cada uno de sus movimientos. Uno de sus ranchos está más arriba, donde se puede llegar solamente caminando una hora adentrándose en la cordillera. Otro está más cerca de Pehué, en un espacio bastante llano. En el que se encuentra ahora, está al medio de los dos.
Es viernes y el reloj marca las once de la mañana cuando la encontramos. Está de pie, cuidando el rebaño. Se acerca hacia la camioneta que nos lleva de excursión amablemente. Joaquín, el guía que conoce la zona y la rutina de Lucy, se detiene como cada día. Conversan del clima, del viento, de cómo están las ovejas. Que ha pasado poca gente, dice. Que seguro que en los días del fin de semana se acercarán a recorrer la montaña muchos más. Mientras avanzábamos hacia Laguna Brava, nuestro destino final, creíamos que lo más impactante estaba por llegar. Pero fue en el camino donde encontramos lo más especial: la historia de Lucy. Horas más tarde, cuando emprendimos el regreso cerca de las cuatro de la tarde, continúa en el mismo lugar, un poquito más adelante, vigilando que las ovejas permanezcan juntas. Sus tres perros guardianes no se separan de ella ni un segundo.
Tiene alrededor de cien ovejas. Los corderitos pequeños encuentran compradores con facilidad. Los grandes, en cambio, cuestan más venderlos. Joaquín le pregunta si necesita algo para que pueda conseguirlo, y le avisa que le llevará harina.
—No, gracias Joaquincito. Pero no tengo tiempo de cocinar. Si puede ser solo necesito la leche para los terneritos.

Cada minuto de su jornada está dedicado al trabajo con los animales. A la noche cena algún té caliente luego de darle de comer a sus ovejas, que le ocupan la vida entera.
Al día siguiente juega la Selección Argentina. Lucy lo sabe porque alguien se lo comentó. No tiene electricidad ni señal de teléfono. Las noticias llegan a través de quienes recorren el camino y se detienen unos minutos para conversar.
—Ojalá gane la Selección.
La pasión por la albiceleste hasta en los lugares más lejanos. El sentido de pertenencia en la mayor soledad.
El agua que utiliza proviene de un pequeño pozo de agua dulce ubicado cerca del rancho. También cuida terneros y pide leche vencida para darles la mamadera. Es una manera de sostener la crianza con los recursos que consigue. Los guías que recorren habitualmente la cordillera también la ayudan. Cuando pueden le acercan alimentos, medicamentos y otras provisiones. Lucy cuenta que le duele la espalda y también un brazo, pero todos los días sigue con la misma rutina. Joaquín le acerca algunos ibuprofenos y le indica que lo tome cada 8 horas, pero quiere que algún médico se acerque a verla.
La mujer de la cordillera tiene dos hijos, ninguno vive con ella. A pesar de las dificultades, nunca pensó en irse. Quiere seguir viviendo en la cordillera, el único lugar que conoce desde que nació. Allí están sus ovejas, sus ranchos, el pozo del que obtiene agua y el paisaje que la ha acompañado durante toda su vida. Mientras el resto del mundo pasa por ese camino y continúa viaje, Lucy permanece entre las montañas. Resiste al frío, al aislamiento y al paso del tiempo. Y, sin buscarlo, se convierte en el recuerdo más profundo de quienes llegan creyendo que el gran destino es Laguna Brava, cuando en realidad la historia más extraordinaria los espera mucho antes, en un pequeño rancho perdido entre la inmensidad de la cordillera.


