El plan político de Manuel Belgrano sigue teniendo plena vigencia en estos turbulentos días. La visión idílica y escolar del prócer oblitera su faceta más disruptiva.

La historia oficial suele congelar a los próceres en el bronce de las batallas o en el simbolismo de los emblemas patrios. A Manuel Belgrano se lo recuerda, ante todo, como el creador de la bandera y el militar abnegado que entregó su salud en el frente norte.
Sin embargo, esta visión idílica y escolar oblitera su faceta más disruptiva: la de un refinado economista político, un intelectual de vanguardia y el diseñador de un proyecto de nación que, a más de dos siglos de su formulación, exhibe una vigencia tan asombrosa como alarmante.
Las urgencias de la Argentina de hoy no son ajenas a las advertencias que el secretario del Real Consulado de Buenos Aires escribía a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Su plan político no es una pieza de museo; es una hoja de ruta inconclusa.

Del extractivismo a la industria: Una advertencia económica secular
El núcleo del pensamiento económico belgraniano se oponía radicalmente al destino de la región como mera proveedora de materias primas. Formado en Europa bajo las ideas de la fisiocracia y el mercantilismo ilustrado, Belgrano comprendió tempranamente que la riqueza de las naciones no residía en la acumulación de oro o en la exportación de bienes sin procesar, sino en el trabajo humano aplicado a la producción. “Ni la agricultura ni el comercio prácticamente pueden florecer sin la ayuda de la industria”, afirmaba con una claridad meridiana.
Hoy, la Argentina del siglo XXI debate sus dilemas económicos bajo la misma matriz pendular. El país oscila entre la dependencia absoluta de sus recursos naturales —el agro, la minería, el litio o Vaca Muerta— y crisis recurrentes de restricción externa por falta de divisas. Belgrano anticipó el drama del subdesarrollo al señalar que los países que exportan materia prima bruta e importan manufacturas terminadas terminan entregando su soberanía económica y empobreciendo a sus pueblos.
Su plan político exigía la creación de escuelas de comercio, de náutica y de dibujo técnico para calificar la mano de obra local. La vigencia de este postulado es total: la soberanía contemporánea ya no se defiende solo con fronteras geográficas, sino con valor agregado, desarrollo tecnológico y complejos industriales competitivos.
La educación pública como infraestructura social y económica
Para Belgrano, la educación nunca fue un gasto, un acto de caridad o una mera herramienta de alfabetización moral; era la piedra angular del desarrollo económico y la cohesión social. Fue el primer pensador rioplatense en exigir de manera formal el acceso de la mujer a la educación en todos sus niveles, argumentando que no podía existir una sociedad próspera si la mitad de su población se mantenía en la ignorancia. Asimismo, promovió la gratuidad de la enseñanza para los sectores más vulnerables, entendiendo que el Estado debía corregir activamente las asimetrías de cuna.
Cuando se observa el panorama actual de la educación argentina —atravesada por crisis presupuestarias, debates sobre la deserción escolar y la pérdida de la movilidad social ascendente—, el legado belgraniano recobra una fuerza urgente. El prócer donó los 40.000 pesos oro que el Gobierno le otorgó por sus victorias en Tucumán y Salta para la construcción de cuatro escuelas públicas en el norte del territorio. Ese gesto de desprendimiento personal, combinado con su visión de Estado, contrasta con las discusiones políticas modernas que a menudo instrumentalizan la educación en lugar de consolidarla como la infraestructura básica del progreso técnico. Sin educación de calidad adaptada al nuevo siglo, el plan de Belgrano sigue bajo un estatus de suspensión permanente.

Calidad institucional y el bien común sobre la facción
El tercer pilar del plan político belgraniano fue la ética pública y la construcción de instituciones sólidas. En una época de personalismos caudillescos y ambiciones sectoriales, Belgrano antepuso siempre el concepto del “bien común” por sobre los intereses de las corporaciones o las facciones políticas. Sus escritos en el Correo de Comercio fustigaban la corrupción, la especulación financiera de los intermediarios que no producían nada y la desidia de los funcionarios públicos.
La vigencia de esta dimensión de su pensamiento es, quizás, la más dolorosa para la Argentina actual. La fragmentación política, la polarización extrema que paraliza las políticas de Estado a largo plazo y la desconfianza crónica de la ciudadanía en sus instituciones son el reverso exacto de la república que Belgrano proyectó. Su renuncia a los honores, su muerte en la más absoluta pobreza y su obsesión por la rendición de cuentas transparente configuran un estándar ético que la dirigencia política contemporánea dista de alcanzar.
La necesidad de un nuevo contrato belgraniano
Manuel Belgrano no pensó un país para el siglo XIX; diseñó las bases de una comunidad organizada y moderna capaz de autorrealizarse a través del conocimiento y el trabajo. La vigencia de su plan político radica en que los problemas estructurales que intentó combatir —el modelo puramente extractivista, la desigualdad social por falta de oportunidades educativas y el canibalismo político— siguen siendo las asignaturas pendientes de la democracia argentina. Reivindicar a Belgrano hoy implica ir mucho más allá del feriado civil o el respeto al pabellón nacional. Significa asumir que el verdadero desarrollo requiere consensos profundos sobre la matriz productiva, inversión real en ciencia y técnica, y una regeneración ética de la función pública. Dos siglos después, la pluma y la espada de Belgrano siguen interpelando: la independencia formal ya se ha conseguido, pero la emancipación económica, cultural y social es una tarea que la historia todavía se demanda cumplir.

