¿Sepultó Colombia el proceso de Paz?

La victoria de la ultraderecha marca el final de la idea de priorizar la paz por encima de la seguridad.

El estrecho triunfo de Abelardo de la Espriella en el balotaje presidencial marca el cierre de un ciclo histórico y abre una era de profunda incertidumbre para la arquitectura de paz en Colombia. Con una diferencia menor a los 250.000 votos frente al izquierdista Iván Cepeda, el veredicto de las urnas no debe leerse meramente como una alternancia partidista.

Es, en esencia, la manifestación de un electorado exhausto que decidió impugnar el paradigma de la paz negociada, impulsando a la Casa de Nariño a un líder que basó su narrativa en la seguridad absoluta, el rechazo a las concesiones judiciales y el desmantelamiento de los diálogos con grupos armados.

La capitalización del fracaso y la promesa del orden

Para entender cómo el autodenominado “Tigre” conquistó el poder sin experiencia previa en la gestión pública, es necesario mirar el desgaste de las políticas de paz del gobierno saliente de Gustavo Petro. La percepción ciudadana de una criminalidad desbordada, el crecimiento de los cultivos ilícitos y el estancamiento de las mesas de negociación con diversas estructuras delictivas abonaron el terreno para un discurso de ruptura radical.

De la Espriella no buscó matizar el lenguaje: prometió un modelo de “seguridad total” inspirado en la estrategia carcelaria de Nayib Bukele, la fumigación masiva de cultivos de coca y la persecución frontal a los cabecillas armados. La votación demostró que una mitad del país prefirió la promesa de una “Patria Milagro” regida por el orden cívico y los valores tradicionales, antes que la continuidad de un modelo de paz que perciben plagado de impunidad. El voto de castigo al oficialismo mutó así en un mandato de mano dura.

El reto de gobernar una nación fracturada

La victoria de De la Espriella, sin embargo, carece de un cheque en blanco. El país resultante de los comicios es un espejo idéntico al de la polarización histórica del plebiscito de 2016: una Colombia geográficamente dividida en dos mitades antagónicas e irreconciliables. Mientras los centros urbanos del interior y el voto en el exterior respaldaron con contundencia la propuesta de derecha, el Pacto Histórico de Cepeda mantiene el control de la mayor bancada en el Congreso y un inmenso caudal electoral en las regiones históricamente marginadas.

Gobernar mediante la expedición de decretos unilaterales, como ha anunciado el mandatario electo, chocará inevitablemente contra un muro de contrapesos institucionales y resistencia social en las calles. La paz en Colombia no se deshace con la firma de un acta presidencial; está amparada por blindajes constitucionales y compromisos internacionales que De la Espriella tendrá que sortear si pretende reescribir las reglas del juego de la justicia transicional.

Hacia un nuevo paradigma de confrontación

En conclusión, Colombia no votó explícitamente por el regreso a la guerra perpetua, pero sí eligió un camino que sitúa la victoria militar por encima del consenso dialogado. Al elegir a un outsider que asimila la paz con la debilidad estatal, la ciudadanía ha inaugurado una fase de post-paz caracterizada por la judicialización de la política y el choque directo contra el crimen organizado. El verdadero desafío para la democracia colombiana ya no será cómo implementar un acuerdo, sino cómo evitar que la retórica bélica de la campaña electoral fracture por completo la convivencia de un país que sigue buscando el orden, pero que no ha dejado de sangrar.

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