¿Vuelve la derecha a Colombia?
¿Puede entenderse la victoria eventual de la extrema derecha en Colombia sólo co-mo un cambio político más? Tal vez sea demasiado lo que la sociedad colombiana arriesga con el “cambio”; derechos y paz.
¿Puede entenderse la victoria eventual de la extrema derecha en Colombia sólo co-mo un cambio político más? Tal vez sea demasiado lo que la sociedad colombiana arriesga con el “cambio”; derechos y paz.
El plan político de Manuel Belgrano sigue teniendo plena vigencia en estos turbu-lentos días. La visión idílica y escolar del prócer oblitera su faceta más disruptiva.
Bolivia vuelve a ser el epicentro de una profunda convulsión política y social. Ape-nas unos meses después de haber asumido la presidencia, el gobierno del Presidente Rodrigo Paz Pereira se encuentra contra las cuerdas, jaqueado por una severa cri-sis económica y una ola de protestas que amenaza con paralizar al país.
La atención global se concentra de manera unánime en el Gran Salón del Pueblo en Pekín, donde se desarrolla la cumbre decisiva entre el presidente estadounidense Donald Trump y el mandatario chino Xi Jinping.
La reciente filtración de un memorando interno del Pentágono ha sacudido los cimientos de la diplomacia en el Atlántico Sur. Según informes de Reuters, la administración de Donald Trump evaluaba reconsiderar su histórico apoyo al Reino Unido sobre las Islas Malvinas como una medida de presión tras la negativa de Londres de acompañar plenamente las operaciones militares estadounidenses contra Irán.
La reciente visita de Estado de Carlos III a la Casa Blanca no será recordada por la pompa de sus cenas de gala ni por la reafirmación de la “relación especial” entre Londres y Washington. Por el contrario, el encuentro ha quedado marcado en la crónica diplomá-tica como un ejercicio de funambulismo político donde el peso de la historia y las ten-siones del presente convirtieron cada gesto en un campo minado.
La pregunta sobre la viabilidad de una convivencia pacífica en la región no es nue-va, pero en abril de 2026 adquiere una urgencia desgarradora.
El calendario político peruano parece haber quedado atrapado en un bucle temporal. Mientras otras naciones de la región procesan sus crisis hacia nuevas configuraciones, el Perú retorna, con una periodicidad casi ritual, al mismo apellido que definió su ingreso a la modernidad autoritaria en los años noventa.
Los valores occidentales —la libertad de prensa, el juicio justo, la protección del inocente— son universales no por origen, sino por aspiración. Si estos valores se apli-can de forma selectiva, dejan de ser principios para convertirse en herramientas de propaganda.
La política exterior de un país no es un compartimento estanco; es un ecosistema donde cada gesto, voto y alianza repercute en los objetivos estratégicos de largo plazo